sábado, 12 de septiembre de 2026

PASADO Y PRESENTE DE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ II el capital militar se transforma en poder institucional, poder informal o poder electoral

 

 

PASADO Y PRESENTE DE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ II

el capital militar se transforma en poder institucional, poder informal o poder electoral

Por: Arturo Muñoz Portugal, CHC e IA

Por primera vez, con la elección de Ollanta Humala en 2011, desde el retorno democrático de 1980, un oficial que había protagonizado una rebelión siendo militar en actividad llegó a la Presidencia mediante elecciones. El militar llega al centro del Estado. La secuencia es la siguiente: Ollanta Humala, oficial activo del Ejército, se rebela en Locumba en octubre del año 2000 y en diciembre es pasado al retiro. Posteriormente, crea el Partido Nacionalista, participa en las elecciones de 2006 y gana la Presidencia en 2011.

¿Qué ocurre con el capital militar cuando su portador ya no está fuera del Estado, sino que se convierte en jefe del Estado? Desde el punto de vista personal, es necesario analizar a Humala y su trayectoria militar; desde el ángulo del Gobierno, estudiar cómo los militares y policías retirados han sido incorporados a posiciones políticas o administrativas; y, desde la perspectiva institucional, observar la relación entre la Presidencia, el Ministerio de Defensa, los comandos militares y los organismos de inteligencia.

Con Fujimori teníamos a un personaje que asumía la Presidencia civil, apoyado por el sector de inteligencia y con una estrecha relación con las Fuerzas Armadas. Humala cambia la dirección del flujo: aparece potencialmente el movimiento inverso, un individuo con trayectoria militar que asume la Presidencia y ejerce el control político del sector Defensa.

Esto no significa automáticamente «militarización». Al contrario, una persona de origen militar puede ejercer un gobierno plenamente constitucional. Por eso es necesario separar el origen militar del gobernante de la naturaleza militar del régimen.

Porque el verdadero indicador de militarización no es quién gobierna, sino cómo gobierna. Que un presidente haya sido militar no significa que el régimen sea militar. Velasco tuvo un origen militar y sí encabezó un gobierno militar. Por el contrario, Fujimori no tuvo origen militar, pero sí formó parte de un aparato de inteligencia estrechamente vinculado con las Fuerzas Armadas y, por ello, produjo una importante militarización de la política, dirigiendo un régimen cívico militar.

Esto nos permite construir la siguiente Matriz de Origen.

2016: COMIENZA LA ETAPA DE LA FRAGMENTACIÓN

Con Pedro Pablo Kuczynski cambia nuevamente el escenario. Ya no tenemos el modelo de un militar que asume la Presidencia, sino el de un civil elegido presidente. Sin embargo, el Perú entra en una fase de enorme inestabilidad política.

Y esto es importante porque, cuando disminuye la legitimidad del sistema político, aumenta el valor relativo de las instituciones que conservan:

·         organización;

·         disciplina;

·         jerarquía;

·         presencia territorial;

·         capacidad logística;

·         reconocimiento público.

Entre ellas se encuentran las Fuerzas Armadas y la Policía, pero también otras instituciones con capacidad de organización y presencia social, como la Iglesia Católica.

Entonces, la influencia militar puede aumentar no porque los militares conquisten el poder, sino porque las instituciones civiles pierden capacidad de gobierno.

2017–2020: LA CRISIS POLÍTICA MODIFICA EL EQUILIBRIO

Producto del acoso a PPK por parte de la bancada fujimorista, Kuczynski renuncia y es sucedido por Martín Vizcarra, quien disuelve el Congreso. Posteriormente, el Congreso vaca a Vizcarra y asume la Presidencia el presidente del Congreso, Manuel Merino, quien también es obligado a renunciar y es reemplazado por Francisco Sagasti.

Durante estos años aparecen repetidamente tres instituciones: Presidencia, Congreso y Fuerzas Armadas/Policía.

¿Intervinieron los militares? ¿En qué momentos se convirtió su posición institucional en un factor decisivo para resolver una crisis política?

La crisis de noviembre de 2020 es especialmente importante. Martín Vizcarra es vacado; Manuel Merino asume la Presidencia; se produce una fuerte movilización ciudadana y, finalmente, Merino renuncia. Francisco Sagasti asume la Presidencia.

En ese contexto, la posición de las Fuerzas Armadas adquiere enorme relevancia, porque la transferencia del poder ocurre bajo una situación de elevada tensión política.

Nace así una categoría nueva: poder de arbitraje institucional.

Esto no significa necesariamente que las Fuerzas Armadas gobiernen. Significa que la posición que adopten puede afectar significativamente el resultado de una crisis constitucional. Ese poder puede existir incluso sin una intervención militar directa.

2021: CASTILLO Y UNA NUEVA RELACIÓN CON LAS FF. AA.

Con Pedro Castillo aparece otro fenómeno. El nuevo gobierno enfrenta desde el inicio a un Congreso hostil, generándose una crisis institucional, conflictos sociales, cambios frecuentes de ministros y una tensión permanente con las Fuerzas Armadas y la Policía.

Nuevamente encontramos una paradoja: el poder militar puede estar formalmente subordinado y, al mismo tiempo, ser políticamente indispensable.

7 DE DICIEMBRE DE 2022: LA PRUEBA DEFINITIVA

El intento de Pedro Castillo de disolver el Congreso y reorganizar el Estado constituye otro punto crítico.

Aquí aparece una cuestión central:

¿Qué hizo la estructura militar?

Sin necesidad de interpretar políticamente la respuesta, resulta interesante observar la conducta institucional:

¿Reconocieron la orden?

¿La ejecutaron?

¿La rechazaron?

¿A quién reconocieron como autoridad constitucional?

La respuesta permite medir algo que denominaremos Índice de Subordinación Constitucional (ISC).

Es decir, la capacidad de las Fuerzas Armadas para mantenerse dentro de la cadena constitucional durante una ruptura política.

Esto es tan importante como medir su influencia. Porque una democracia sólida no necesita que los militares sean políticamente irrelevantes. Necesita que sean institucionalmente fuertes y políticamente subordinados.

2022–2026: APARECE OTRA DIMENSIÓN

Después de Castillo, Dina Boluarte asume la Presidencia. La cuestión militar adquiere nuevamente importancia por diversos factores:

  • seguridad interna;
  • protestas;
  • estados de emergencia;
  • apoyo logístico;
  • fronteras;
  • narcotráfico;
  • minería ilegal;
  • desastres;
  • control territorial.

Aquí debemos introducir una distinción fundamental entre militarización política —cuando las Fuerzas Armadas influyen sobre las decisiones políticas— y militarización de la seguridad —cuando las Fuerzas Armadas asumen tareas de seguridad interna—.

Una puede aumentar sin que necesariamente aumente la otra.

Por ejemplo, más militares en las calles no significa automáticamente más militares controlando el Estado.

Así, el IMP-Perú llega a contar con ocho dimensiones.

Para complementarlo hay que añadir el ISC —Índice de Subordinación Constitucional—, porque no se debe confundir influencia con ruptura democrática.

Al cruzar el IMP —¿cuánto peso político tienen los militares? — con el ISC —¿cuánto respetan las Fuerzas Armadas la autoridad constitucional? — tenemos cuatro escenarios.

La pregunta central para 2026

¿Ante qué escenario estamos?

Escenario A: Desmilitarización progresiva

Escenario B: Militarización silenciosa

Escenario C: Militarización electoral

Escenario D: Militarización por crisis

Escenario E: Institucionalización de las Fuerzas Armadas

La impresión es que el Perú puede estar experimentando simultáneamente A, C, D y E en diferentes dimensiones.

Eso explicaría por qué la realidad parece contradictoria.

El mapa definitivo de cuatro décadas

En el periodo 1968–1980, un militar controla el Estado y establece un gobierno militar.

Para el periodo 1980–1990, tenemos el retorno a la democracia y se establece una relación de soporte a la democracia por parte de las Fuerzas Armadas, particularmente en el ámbito de la seguridad interna.

Con respecto al periodo 1990–2000, un civil gana la Presidencia, sostenido por el aparato de inteligencia, con una alta injerencia de las Fuerzas Armadas. Por ende, el control político adquiere un carácter cívico-militar.

Luego, el periodo 2000–2006 corresponde a una etapa de transición y desmontaje del aparato cívico-militar, con el objetivo de restablecer una democracia que ejerza nuevamente el control civil.

Al llegar al periodo 2006–2011, un militar retirado crea un movimiento nacionalista, conquista electores, triunfa en las elecciones de 2011 y ocupa la Presidencia a partir de ese año.

Para el periodo 2011–2016, un personaje de origen militar ejerce la Presidencia respetando las instituciones democráticas.

Finalmente, el periodo 2016–2026 está marcado por una gran crisis de la política civil, en la que el Congreso entra en conflicto con el Ejecutivo, haciendo que las Fuerzas Armadas y la Policía asuman un papel creciente en materia de seguridad y, potencialmente, de arbitraje institucional.

Una conclusión a partir de lo expuesto

No se trata de una historia de militares que entraron en política, sino de la historia de la transformación del poder militar en el Perú, 1980–2026.

El poder militar vive una permanente metamorfosis, en coherencia con la gravedad de los conflictos políticos y sociales y en función de la gravedad o relativa estabilidad de las crisis económicas. En determinadas coyunturas, puede ingresar abiertamente en el campo político para contribuir a superar momentos críticos que amenazan el poder de una élite; en otras, puede permanecer tras bastidores, conservando capacidad de influencia sin asumir directamente el gobierno.

Y la secuencia que aparece es la siguiente:

GOBIERNO MILITAR → SEGURIDAD INTERNA → MILITARIZACIÓN DEL PODER CIVIL → DESMONTAJE DEL APARATO MILITAR O CÍVICO-MILITAR → CONTROL CIVIL → CONVERSIÓN ELECTORAL DEL CAPITAL MILITAR → MILITAR EN LA PRESIDENCIA → CRISIS DE LA POLÍTICA CIVIL → REVALORIZACIÓN DEL PODER INSTITUCIONAL MILITAR.

Cuando un personaje de origen militar postula en un proceso electoral, a esa postulación se le puede denominar conversión electoral del capital militar.

Si el individuo vence en las urnas, se produce un militar en la Presidencia.

Un posible desenlace al finalizar el periodo de un militar en la Presidencia es el ocurrido posteriormente en el Perú: una crisis de la política civil, que lleva nuevamente a una revalorización del poder institucional militar.

Las cinco puertas de entrada al poder para una persona de origen militar

PUERTA 1 — COMANDO MILITAR

Comandante General del Ejército, Marina, FAP o jefe del Comando Conjunto.

Militar → institución militar → influencia estatal

PUERTA 2 — INTELIGENCIA

SIN, inteligencia militar, inteligencia policial y organismos sucesores.

Militar → información → poder político

Esta categoría será particularmente importante para el periodo 1990–2000.

PUERTA 3 — EJECUTIVO

Ministro de Defensa, ministro del Interior, asesor, funcionario o jefe de organismo.

Militar → administración pública → poder ejecutivo

PUERTA 4 — CONGRESO

Senador, diputado, congresista o miembro de comisiones.

Militar → partido → representación → legislación

PUERTA 5 — ELECCIONES PRESIDENCIALES

Candidato presidencial proveniente de las Fuerzas Armadas o de la PNP.

Militar → partido → electorado → Presidencia

MATRIZ NOMINAL POR PUERTA DE INGRESO

*En el caso de Montesinos tendremos que distinguir cuidadosamente entre grado, situación de retiro y posición real de poder. No debemos convertir automáticamente la condición de «exmilitar» en la de «miembro activo de las Fuerzas Armadas».

Una constatación es que la conversión electoral del capital militar ha estado fuertemente concentrada en el Ejército. Esta conversión se presenta con mayor frecuencia en el Ejército que en la Marina o la FAP.

Con la Matriz Nominal por Puerta de Ingreso se podrá responder a cinco preguntas:

1. ¿El Ejército domina históricamente la conversión militar-política?

2. ¿La Marina y la FAP tienen rutas diferentes de influencia?

3. ¿La inteligencia constituye una vía independiente de poder?

4. ¿Los militares retirados funcionan como una élite política organizada?

5. ¿La influencia militar ha disminuido realmente desde 1980 o simplemente ha cambiado de mecanismo?

La tesis que emerge es la siguiente:

El problema no es determinar si los militares participan o no en la política peruana. El problema es identificar los mecanismos mediante los cuales el capital militar —rango, organización, conocimiento, redes, prestigio, información y experiencia de Estado— se transforma en poder institucional, poder informal o poder electoral.

Por tanto, el objeto de estudio deja de ser simplemente la participación de los militares en política y se convierte en un estudio de la circulación de las élites y de la transformación del poder.

viernes, 11 de septiembre de 2026

PASADO Y PRESENTE DE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ I POLÍTICOS DE ORIGEN MILITAR Y TRANSFORMACIÓN DEL PODER CASTRENSE EN EL PERÚ (1980–2026)

 

 

PASADO Y PRESENTE DE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ I

POLÍTICOS DE ORIGEN MILITAR Y TRANSFORMACIÓN DEL PODER CASTRENSE EN EL PERÚ (1980–2026)

Por: Arturo Muñoz Portugal, CHC e IA

DEL GOBIERNO MILITAR AL MILITARISMO POLÍTICO

Analizar el fenómeno de los «políticos de origen militar» en el Perú contemporáneo exige ir más allá del simple conteo de oficiales retirados que han ocupado cargos públicos. El período 1980–2026 muestra una transformación profunda de la relación entre las Fuerzas Armadas y el poder político: el protagonismo castrense dejó de expresarse principalmente mediante gobiernos militares directos y pasó a adoptar formas institucionales, corporativas, electorales y de influencia indirecta.

Para efectos de este artículo, el universo principal está constituido por oficiales de carrera retirados o en situación de retiro del Ejército, la Marina de Guerra y la Fuerza Aérea del Perú que posteriormente ingresaron a la actividad política. No obstante, el análisis debe considerar también las redes institucionales y actores de inteligencia y seguridad que permiten comprender la influencia militar más allá de quienes ocuparon directamente un cargo electivo.

No existe un registro oficial del Congreso que identifique de manera sistemática a los parlamentarios según su origen militar. Por ello, la reconstrucción debe realizarse a partir de las trayectorias biográficas de los congresistas y excongresistas. En el actual Parlamento bicameral pueden identificarse figuras como los senadores César Astudillo y Francisco Calisto, mientras que entre los excongresistas recientes destacan José Williams, José Cueto y Jorge Montoya.

El objetivo, por tanto, consiste en determinar cuántos militares llegaron al Congreso o a la Presidencia y en establecer qué tipo de capital militar conservaron, cómo lo transformaron en capital político y mediante qué instituciones y redes ejercieron influencia.

1. CINCO NIVELES PARA ESTUDIAR LA PRESENCIA MILITAR EN LA POLÍTICA

La presencia militar en la política peruana contemporánea puede analizarse en cinco niveles complementarios.

1.1. LA PRESIDENCIA

Desde la transición democrática de 1980 predominaron los gobiernos civiles. Sin embargo, esto no significó la desaparición de la influencia castrense.

Presidente

1980–2026

Origen

Clasificación

Fernando Belaúnde

1980–85

Civil

Civil

Alan García

1985–90

Civil

Civil

Alberto Fujimori

1990–2000

Civil

Civil con fuerte componente cívico-militar

Valentín Paniagua

2000–01

Civil

Civil

Alejandro Toledo

2001–06

Civil

Civil

Alan García

2006–11

Civil

Civil

Ollanta Humala

2011–16

Ejército

Militar de carrera convertido en político

Pedro Pablo Kuczynski

2016–18

Civil

Civil

Martín Vizcarra

2018–20

Civil

Civil

Manuel Merino

2020

Civil

Civil

Francisco Sagasti

2020–21

Civil

Civil

Dos casos resultan particularmente relevantes. El primero es el régimen de Alberto Fujimori, formalmente encabezado por un presidente civil, pero sostenido durante buena parte de la década de 1990 por una compleja estructura que articuló la Presidencia, los servicios de inteligencia y las cúpulas de las Fuerzas Armadas. El segundo es Ollanta Humala, oficial del Ejército que convirtió su trayectoria militar y su participación en el levantamiento de Locumba de 2000 en un activo político y electoral que finalmente lo condujo a la Presidencia entre 2011 y 2016.

1.2. EL CONGRESO

El Parlamento constituye otro espacio fundamental para observar la transformación del poder militar.

Aunque los exmilitares representan un grupo numéricamente reducido dentro del conjunto de parlamentarios, su influencia puede ser considerable debido a su presencia en comisiones estratégicas, particularmente las vinculadas con Defensa, Interior e Inteligencia.

El análisis parlamentario debe considerar no solo el número de exoficiales, sino también los cargos ocupados, las comisiones integradas, las iniciativas legislativas relacionadas con seguridad y defensa, las alianzas políticas y las redes institucionales construidas durante la carrera militar.

1.3. LOS MANDOS NO PRESIDENCIALES

La influencia militar tampoco se limita a presidentes o congresistas. Oficiales retirados pueden convertirse en dirigentes partidarios, ministros de Estado, asesores, operadores de seguridad o figuras clave dentro de determinadas organizaciones políticas.

Esta dimensión permite estudiar al militar retirado como intermediario entre el aparato estatal, las Fuerzas Armadas y la política partidaria.

1.4. LA RED INSTITUCIONAL

Un cuarto nivel corresponde a la circulación de oficiales entre diferentes espacios de poder: cuarteles, organismos de inteligencia, ministerios, Congreso, empresas privadas de seguridad y organizaciones de veteranos, entre ellas la Asociación de Oficiales Generales y Almirantes (ADOGEN).

Esta perspectiva permite comprender que la influencia militar no desaparece necesariamente cuando un oficial abandona el servicio activo. Las redes profesionales, jerárquicas y corporativas pueden sobrevivir al retiro y convertirse en recursos políticos.

1.5. LA DIMENSIÓN HISTÓRICA

Finalmente, es necesario estudiar la evolución del fenómeno a través del tiempo. La relación entre militares y política no fue igual durante la transición democrática de 1980 hacia adelante, el conflicto armado interno, el régimen de Fujimori, la transición de 2000, la Presidencia de Humala ni la crisis política posterior a 2016.

De este modo, la pregunta central no es simplemente cuántos militares ingresaron a la política, sino cómo cambió la forma de influencia militar después del fin de los gobiernos militares directos.

2. DE LA DICTADURA MILITAR A LA INFLUENCIA POLÍTICA INDIRECTA

El Perú democrático posterior a 1980 no erradicó el poder castrense: lo transformó.

Durante el gobierno de Juan Velasco Alvarado y posteriormente durante el régimen de Francisco Morales Bermúdez, las Fuerzas Armadas ejercieron directamente el poder político. La transición de 1980 modificó radicalmente este esquema. Los militares abandonaron el gobierno y regresaron formalmente a sus funciones institucionales, pero conservaron importantes recursos organizativos, profesionales y políticos.

Puede hablarse, por ello, de una transformación desde una militarización directa del Estado hacia modalidades de militarización de la seguridad, instrumentalización política, conversión electoral e influencia institucional.

Esta transformación puede sintetizarse en cuatro mecanismos:

1.      Conversión directa: los militares gobiernan mediante golpes de Estado y regímenes de facto.

2.      Captura o instrumentalización desde el poder civil: un gobierno formalmente civil utiliza las estructuras de inteligencia y las cúpulas militares para consolidar su poder.

3.      Conversión electoral: un oficial transforma su experiencia militar, una ruptura con la jerarquía o una narrativa de insubordinación en capital político y posteriormente electoral.

4.      Influencia institucional: oficiales retirados ingresan al Congreso, ministerios, partidos y otras instituciones, trasladando a la esfera política sus redes y conocimientos adquiridos durante la carrera militar.

3. PRIMERA ETAPA: 1980–1990. DEMOCRACIA, AUTONOMÍA MILITAR Y CONFLICTO ARMADO INTERNO

El retorno a la democracia con Fernando Belaúnde Terry y posteriormente el primer gobierno de Alan García no implicó la desaparición de la influencia de las Fuerzas Armadas.

La expansión de la violencia de Sendero Luminoso y del MRTA convirtió progresivamente la seguridad interna en una de las principales áreas de intervención militar. El Estado civil delegó una parte importante de la estrategia contrasubversiva en las Fuerzas Armadas, particularmente en las zonas declaradas bajo emergencia.

Los comandos político-militares, con Ayacucho como uno de los principales epicentros, se convirtieron en espacios donde la frontera entre las funciones militares, administrativas y políticas podía resultar difusa.

Así, durante esta etapa se produjo una paradoja: las Fuerzas Armadas dejaron de gobernar formalmente, pero adquirieron una elevada autonomía operacional como consecuencia del conflicto armado interno.

4. SEGUNDA ETAPA: 1990–2000. FUJIMORI, MONTESINOS Y LA MILITARIZACIÓN INSTRUMENTAL

La llegada de Alberto Fujimori a la Presidencia produjo un cambio decisivo.

El régimen fujimorista no correspondió al modelo clásico de una dictadura militar. Se trató de un gobierno formalmente civil que construyó una estructura de poder cívico-militar e interinstitucional articulada alrededor de la Presidencia, el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional.

El punto central de esta estructura fue Vladimiro Montesinos, exoficial del Ejército y asesor de inteligencia. Su trayectoria constituye un caso paradigmático de un actor de origen militar que ejerció un poder político considerable sin ocupar formalmente la Presidencia ni un ministerio.

La estructura Fujimori–Montesinos–SIN permitió intervenir sobre las cúpulas militares, la Policía, el Congreso, el sistema de justicia y los medios de comunicación mediante una combinación de información, recursos, lealtades y coerción.

En el Ejército, la prolongada permanencia de Nicolás Hermoza Ríos como comandante general constituye uno de los ejemplos más importantes de la subordinación de la institución militar a la arquitectura política del régimen.

El autogolpe de 1992 consolidó esta estructura de poder y marcó una diferencia fundamental respecto de los golpes militares tradicionales: la concentración del poder no se produjo mediante la sustitución de un gobierno civil por una junta militar, sino mediante la utilización de las instituciones armadas y de inteligencia para fortalecer un régimen encabezado por un presidente civil.

5. UNA SEGUNDA GENERACIÓN DE MILITARIZACIÓN POLÍTICA

El período 1990–2000 permite identificar una segunda generación de militarización política.

La primera generación correspondió a los gobiernos militares directos de 1968–1980. La segunda estuvo constituida por militares integrados en redes de poder civil-autoritario y de inteligencia durante el fujimorismo.

En este modelo, la influencia castrense ya no dependía de que un general ocupara la Presidencia. Podía ejercerse desde posiciones estratégicas dentro de las Fuerzas Armadas, los organismos de inteligencia y las redes de seguridad.

Montesinos representa el ejemplo más extremo: un oficial retirado cuya influencia política derivó de su capacidad para controlar información, construir redes y establecer vínculos con las estructuras de poder del Estado.

6. TERCERA ETAPA: 2000–2011. TRANSICIÓN, DESPOLITIZACIÓN Y RETORNO ELECTORAL

La caída del régimen fujimorista abrió una nueva etapa.

Los gobiernos de Valentín Paniagua y Alejandro Toledo intentaron desmontar las redes construidas durante el fujimorismo y recuperar el control civil sobre las instituciones de defensa. Entre las medidas de esta etapa se encontró la designación de ministros civiles en Defensa y la revisión de determinadas decisiones adoptadas durante el período autoritario.

Sin embargo, la transición no significó la desaparición del militar como actor político.

El levantamiento de Locumba, protagonizado por Ollanta Humala en octubre de 2000 junto con su hermano Antauro, constituye un punto de inflexión. La experiencia de insubordinación fue posteriormente incorporada a una narrativa política nacionalista y se convirtió en parte del capital simbólico de la candidatura de Humala.

Aquí aparece una modalidad diferente de relación entre carrera militar y política: el oficial no utiliza las Fuerzas Armadas para tomar el poder, sino que abandona la vía militar y convierte su trayectoria castrense en un recurso electoral.

7. OLLANTA HUMALA Y EL MILITARISMO ELECTORAL

El caso de Ollanta Humala requiere una categoría propia.

Humala no puede ser considerado simplemente como un militar retirado que posteriormente ingresó a la política. Su trayectoria combina varias etapas: oficial del Ejército en actividad, protagonista del levantamiento de Locumba, pase al retiro, construcción de un movimiento nacionalista, candidatura presidencial y, finalmente, elección como presidente de la República para el período 2011–2016.

Su trayectoria permite distinguirlo de los gobernantes golpistas tradicionales.

En lugar de convertir el poder militar directamente en poder estatal, Humala transformó determinados elementos de su experiencia castrense —rango, identidad, redes, discurso nacionalista y experiencia de ruptura con la jerarquía— en capital político y electoral.

Esta modalidad puede denominarse militarismo electoral: la conversión de una identidad y trayectoria militar en una plataforma partidaria capaz de competir dentro de las reglas electorales democráticas.

8. CUARTA ETAPA: 2011–2026. DEL GOBIERNO DE HUMALA A LA CENTRALIDAD PARLAMENTARIA

La elección de Humala en 2011 representa el punto máximo de integración electoral directa de un exmilitar en el período democrático posterior a 1980.

Sin embargo, los años posteriores no estuvieron dominados por presidentes de origen militar. Por el contrario, se caracterizaron por la primacía de gobiernos civiles y por una creciente crisis de representación, fragmentación partidaria e inestabilidad institucional.

En este contexto, el papel de los militares retirados se desplazó progresivamente hacia otros espacios: el Congreso, los partidos políticos, las comisiones parlamentarias relacionadas con seguridad y defensa, los ministerios y las redes institucionales vinculadas con las Fuerzas Armadas.

La presencia de figuras como José Williams, José Cueto y Jorge Montoya permite observar esta transformación: el militar retirado puede convertirse en un actor parlamentario relevante sin necesidad de controlar el Ejecutivo.

El actual Parlamento bicameral abre, además, una nueva etapa para el estudio del fenómeno, con figuras como los senadores César Astudillo y Francisco Calisto que permiten examinar la continuidad de esta presencia en la política nacional.

9. FUJIMORI Y HUMALA: DOS MODELOS CONTRAPUESTOS

La comparación entre Fujimori y Humala permite sintetizar dos formas radicalmente diferentes de relación entre lo militar y lo político.

Fujimori representó la incorporación del poder militar al proyecto político desde el Estado. Su régimen utilizó los servicios de inteligencia y las cúpulas militares para consolidar un poder presidencial autoritario.

Humala, en cambio, convirtió una experiencia militar y una ruptura con la jerarquía institucional en un recurso externo a las Fuerzas Armadas. Su capital militar fue trasladado hacia un movimiento político, una candidatura y finalmente una Presidencia obtenida mediante elecciones.

La diferencia es fundamental: en el primer caso, el poder civil instrumentaliza las estructuras militares; en el segundo, un actor de origen militar transforma su experiencia castrense en capital electoral.

10. LA CIRCULACIÓN DE LAS ÉLITES MILITARES

El fenómeno debe estudiarse también como un proceso de circulación de élites.

Un oficial puede pasar por diferentes espacios a lo largo de su trayectoria:

Fuerzas Armadas → retiro → partido político → Congreso → comisión parlamentaria → ministerio → redes de seguridad y defensa.

Esta circulación permite explicar por qué la influencia militar no desaparece necesariamente cuando un individuo abandona el servicio activo.

El capital acumulado durante la carrera militar puede incluir conocimientos especializados, prestigio institucional, redes profesionales, vínculos con otros oficiales, experiencia en seguridad y una identidad corporativa. En determinadas circunstancias, estos recursos pueden convertirse en capital político.

La hipótesis central es, por tanto, que la influencia militar contemporánea no debe medirse por la cantidad de uniformes presentes en las instituciones, sino por la capacidad de los actores de origen militar para movilizar redes, recursos y conocimientos dentro de la arena política.

11. UNA MATRIZ HISTÓRICA DE LA PRESENCIA MILITAR

La evolución entre 1980 y 2026 puede sintetizarse en cuatro grandes períodos:

Período

Característica dominante

Forma principal de influencia

1980–1990

Democracia y conflicto armado interno

Autonomía militar y control de zonas de emergencia

1990–2000

Fujimori–Montesinos–SIN

Instrumentalización de las Fuerzas Armadas y la inteligencia

2000–2011

Transición y Humala

Despolitización institucional y conversión electoral

2011–2026

Gobiernos civiles y crisis política

Influencia parlamentaria, institucional y electoral

Esta periodización permite observar una transición desde el control directo del Estado hacia formas cada vez más indirectas de intervención política.

12. HACIA UN ÍNDICE DE MILITARIZACIÓN POLÍTICA DEL PERÚ

Para medir la presencia e influencia militar entre 1980 y 2026 resulta insuficiente contabilizar cuántos exmilitares ocuparon cargos públicos.

Se propone, por ello, construir un Índice de Militarización Política (IMP-Perú) que considere al menos seis dimensiones:

  • Presencia institucional: cargos ocupados por oficiales en actividad o retiro.
  • Influencia política: posiciones de liderazgo, capacidad de negociación y participación en partidos.
  • Redes de poder: vínculos entre Fuerzas Armadas, inteligencia, Congreso, ministerios y organizaciones de veteranos.
  • Conversión de capital: capacidad de transformar rango, experiencia, prestigio o redes militares en capital político.
  • Dimensión electoral: candidaturas, votación obtenida y capacidad de movilización territorial.
  • Dimensión territorial: concentración de apoyo o influencia en determinadas regiones, especialmente aquellas donde las narrativas sobre seguridad, conflicto interno y presencia militar tienen mayor peso.

El índice permitiría distinguir entre presencia militar, influencia militar y militarización política, tres conceptos que no deben considerarse equivalentes.

CONCLUSIÓN

Entre 1980 y 2026, la relación entre las Fuerzas Armadas y la política peruana experimentó una transformación sustancial. El final de los gobiernos militares no supuso la desaparición del poder castrense, sino su reorganización bajo nuevas modalidades.

Primero predominó la autonomía militar asociada al conflicto armado interno. Después, durante el fujimorismo, las Fuerzas Armadas y los servicios de inteligencia fueron incorporados a una estructura de poder cívico-militar. Tras la caída de Fujimori, se intentó fortalecer el control civil y despolitizar las instituciones castrenses. Paralelamente, la trayectoria de Ollanta Humala mostró que el capital militar podía convertirse en capital electoral. Finalmente, durante la etapa posterior a 2011, la presencia de militares retirados se desplazó hacia el Congreso, los partidos y las redes institucionales de seguridad y defensa.

El fenómeno de los «políticos de origen militar» debe entenderse, por tanto, como parte de una transformación histórica del poder castrense, no como una simple suma de individuos con pasado militar.

La pregunta fundamental para futuras investigaciones será determinar qué redes, recursos e instituciones permiten que el capital militar sobreviva al retiro y se transforme en poder político dentro de la democracia peruana.