sábado, 3 de octubre de 2026

¿Defender el orden o perder el poder?: La paradoja de las élites frente a la norma

 

 

¿Defender el orden o perder el poder?: La paradoja de las élites frente a la norma

Por: Arturo Muñoz Portugal, CHC e IA

La Constitución de 1993 estableció un Congreso unicameral y reforzó determinadas atribuciones presidenciales. Antes de 1992 la Presidencia dialogaba con el Congreso y estableció el papel de las FF.AA. circunscritas a la seguridad interna. Después de 1992: la Presidencia controla la estructura estatal en coordinación con las FF.AA., en especial con la comunidad de inteligencia. Con un Congreso incapaz de actuar como contrapeso, no estamos diciendo que la Constitución “fuera militar”, si no que el nuevo diseño institucional convivió con una concentración del poder ejecutivo que facilitó la articulación entre Presidencia, inteligencia y aparato de seguridad.

Este es el núcleo del diseño institucional que se gestó en los años 90 en el Perú: un hiperpresidencialismo donde el Ejecutivo monopolizó el poder, utilizando a los aparatos de inteligencia y seguridad militar para neutralizar cualquier contrapeso (especialmente el del Congreso).

Si hacemos una analogía con el presente (la crisis institucional de la década de 2020), podemos observar que los mismos actores siguen en el tablero, pero las flechas de poder y dependencia se han reconfigurado.

EL GIRO DEL PODER: DEL HIPERPRESIDENCIALISMO AL "PARLAMENTARISMO DE FACTO"

Mientras que después de 1992 el diseño debilitó al Congreso para que la Presidencia pudiera gobernar a través del aparato de seguridad, en la actualidad ocurre un fenómeno inverso. El Congreso (aprovechando herramientas de la misma Constitución del 93, como la vacancia por incapacidad moral) ha acumulado un enorme poder, convirtiéndose en el actor dominante. En 2016 el fujimorismo pierde las elecciones, pero gana 73 congresistas. Usando esa mayoría comienza el desbalance de poderes y el fujimorismo gobierna desde el Congreso. Ejerció una fuerte presión contra el presidente Pedro Pablo Kuczynski quien se vio obligado a renunciar antes de ser vacado. Acoso que continuó contra el presidente Martín Vizcarra, al cual vacaron. Luego fueron encima de Francisco Sagasti. Y la ultraderecha conducida siempre por el fujimorismo arrinconó al presidente Pedro Castillo, al que vacaron y en su reemplazo asumió Dina Boluarte.

Así, en lugar de un Ejecutivo todopoderoso, tenemos Presidencias débiles que dependen del Congreso para sobrevivir políticamente.

EL ROL DE LAS FF.AA. Y LA PNP: DE SOCIOS ESTRATÉGICOS A "SOSTÉN DE SUPERVIVENCIA"

En los 90, la articulación Presidencia, Servicio de Inteligencia y FF.AA. era ofensiva (para concentrar el poder y controlar el Estado). En el presente, la relación entre el Ejecutivo y las fuerzas del orden (FF.AA. y PNP) suele ser defensiva. Ante la falta de legitimidad popular o bancadas oficialistas fuertes, las Presidencias recientes han dependido casi exclusivamente de las fuerzas de seguridad para mantener el "control político" y el orden público frente a las crisis sociales.

En conclusión, la analogía nos muestra que el problema de fondo persiste: la falta de un equilibrio democrático sano. Si en los 90 el riesgo era un Ejecutivo que absorbía a las instituciones y usaba la inteligencia para someterlas; hasta el 28 de julio de este año el riesgo era una fragmentación donde el Congreso dominaba las instituciones del Estado, y el Ejecutivo acorralado sólo encontraba respaldo real en los escudos de la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, al examinar la arquitectura de las reformas constitucionales recientes (como el restablecimiento de la bicameralidad y los cambios en los mecanismos de control político), el escenario actual presenta diferencias estructurales profundas frente a lo ocurrido el 5 de abril de 1992, aunque mantenga ciertos fantasmas autoritarios.

EL CONGRESO YA NO PUEDE VACAR AL EJECUTIVO

Con el nuevo diseño bicameral y las modificaciones normativas, la vacancia presidencial por la vía rápida o discrecional se ha vuelto jurídicamente más compleja, ya que exige la construcción de consensos institucionales más amplios y una arquitectura legislativa dividida (entre la Cámara de Diputados y el Senado). Ya no se trata de una sola cámara asediada o fragmentada que podía destituir presidentes de forma intempestiva con mínimas vallas de votación, sino de un sistema que buscó elevar el costo político de la vacancia para otorgar estabilidad al Ejecutivo.

EL FANTASMA DEL CIERRE: ¿ES UN NUEVO "AUTOGOLPE"?

La amenaza de un cierre de la Cámara de Diputados evoca inevitablemente el recuerdo fujimorista de 1992. No obstante, hay una diferencia de origen crucial:

  • En 1992: El cierre fue un autogolpe anticonstitucional de facto ejecutado por el propio mandatario (Alberto Fujimori) con el respaldo explícito de las Fuerzas Armadas, disolviendo un Congreso unicameral e interviniendo los demás poderes del Estado para concentrar el mando absoluto.
  • En el marco constitucional actual: Las herramientas de disolución y la correlación de fuerzas están normadas dentro de un equilibrio institucional reglamentado (como la cuestión de confianza y sus consecuencias sobre la cámara baja). Amenazar con su uso forma parte de una retórica de presión política extrema.

LA CLAVE REAL: EL RESPALDO DE LAS FUERZAS DEL ORDEN

El factor que realmente diferencia el modelo de los 90 que consistía en la articulación directa y orgánica entre la Presidencia, los servicios de inteligencia y las Fuerzas Armadas como soporte operativo del poder absoluto, del actual modelo construido por el fujimorismo o el pacto mafioso es que hoy no se puede cerrar el Parlamento sin un control monolítico de las instituciones castrenses y sin un quiebre deliberado del régimen democrático, porque el fujimorismo carece de la fuerza material que tuvo el 5 de abril. En el presente el Ejecutivo si intenta saltarse los contrapesos constitucionales se enfrentaría no solo a una respuesta institucional cruzada entre la Cámara de Diputados y el Senado, sino a un aislamiento político severo y a la fiscalización de organismos internacionales y nacionales (presión debilitada por el menosprecio al derecho internacional por la administración de Donald Trump).

Aunque el tono confrontacional y la tensión entre poderes parezcan un eco de la crisis de los noventa, el andamiaje institucional actual es un tablero mucho más disputado y complejo, donde el Ejecutivo ya no cuenta con el margen de maniobra ni con el silencio cómplice del pueblo de antaño para ejecutar un quiebre autoritario limpio.

Variables de altísimo peso geopolítico y sistémico transforman por completo cualquier lectura estrictamente formal de las leyes. Cuando un análisis político se limita solo al texto constitucional, suele pasar por alto que las rupturas de régimen rara vez ocurren por falta de artículos legales, sino por factores de poder real, contextos internacionales y alineamientos estratégicos. Evaluar estas variables permite entender por qué el fantasma de una ruptura constitucional genera tanta alerta:

EL CONTEXTO INTERNACIONAL: LA PERMISIVIDAD ANTE LA EROSIÓN DEMOCRÁTICA

  • El debilitamiento del derecho internacional: Vivimos en una época global donde los consensos multilaterales sobre la democracia liberal están profundamente fracturados. Las potencias y los organismos internacionales suelen priorizar la estabilidad económica, la seguridad hemisférica o la afinidad ideológica por encima de la pureza democrática interna de los países.
  • El pragmatismo geopolítico: Si un gobierno cuenta con validación externa —especialmente de la administración estadounidense bajo determinados intereses estratégicos o comerciales—, el costo internacional de una deriva autoritaria o de una medida de fuerza (como un cierre de cámaras bajo coacción) se reduce drásticamente. Históricamente, las sanciones o la presión internacional diplomática solo funcionan cuando hay un bloque unificado dispuesto a aplicarlas; en un contexto multipolar y fragmentado, los gobiernos cuestionados suelen encontrar resquicios para legitimar sus acciones.

LA VARIABLE DEL VÍNCULO POLÍTICO EXTERIOR Y EL FACTOR INTERNO

  • La relación con Washington: En el tablero peruano, contar con un entendimiento o respaldo directo de la superpotencia norteamericana históricamente ha servido como un fuerte elemento de disuasión frente a la oposición interna y como un aval de gobernabilidad de facto para los Ejecutivos débiles o confrontacionales.
  • El control institucional interno ampliado: Aunque la Constitución actual establece que el Senado se mantiene en funciones y no puede ser disuelto, la historia demuestra que las normas escritas pueden ser avasalladas si el Ejecutivo logra fracturar o someter a los contrapesos mediante la presión política, el uso de discursos de "urgencia nacional" (como la seguridad o la crisis económica) y la neutralización de los órganos de justicia.

La suma de un entorno internacional laxo con respecto a las normas democráticas y una fuerte validación externa puede envalentonar a un Ejecutivo para cruzar la línea de la legalidad constitucional.

Si bien los mecanismos institucionales vigentes buscan impedir un nuevo 5 de abril a la carta, las garantías de papel se vuelven frágiles cuando el poder político decide apostar por la confrontación total y cuenta con aliados externos que prefieren mirar hacia otro lado.

Vivimos en un escenario de máxima tensión geopolítica, conectando la presión internacional de Estados Unidos por el control estratégico de la infraestructura china en el Pacífico Sur con una medida de fuerza interna de carácter radical. Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente institucional, legal y fáctica, esta hipótesis resulta poco probable y jurídicamente insostenible por varias razones críticas:

EL LÍMITE INSTITUCIONAL: LAS REGLAS DEL JUEGO PARA LA DISOLUCIÓN

Aunque el Congreso bicameral actual cuenta con un diseño donde la Cámara de Diputados y el Senado equilibran el poder, las causales para una disolución están estrictamente reglamentadas (vinculadas principalmente a la negación reiterada de cuestiones de confianza). Un cierre abrupto del Parlamento basado puramente en la "paciencia colmada" por facultades legislativas o por mandatos de política exterior constituiría una ruptura flagrante del orden constitucional, carente de la cobertura legal que exige el propio andamiaje del Estado.

LA NATURALEZA DE LOS CONTRATOS Y EL DERECHO INTERNACIONAL DE INVERSIONES

Un gobierno, incluso bajo un régimen de excepción o de decretos de urgencia, no puede "quitarle" un puerto privado internacional (operado por capitales de Cosco Shipping) por un simple decreto sin detonar una catástrofe jurídica y económica global:

  • Arbitrajes internacionales: Los megaproyectos de esta magnitud están blindados por tratados de protección de inversiones y contratos de concesión firmados bajo estándares internacionales. Una expropiación o anulación arbitraria expondría al Perú a demandas millonarias ante tribunales arbitrales internacionales (como el CIADI), donde el Estado peruano perdería con certeza absoluta.
  • El costo comercial: China es el principal socio comercial del Perú. Una confiscación de activos de esta naturaleza generaría un bloqueo comercial inmediato, colapsando las agroexportaciones, la minería y la estabilidad macroeconómica del país.

LA VÍA INSTITUCIONAL YA ESTÁ EN CURSO (EL PULSO REGULATORIO)

La fricción en torno al puerto de Chancay ya se está canalizando a través de disputas regulatorias, presión diplomática (como las recientes tensiones por fallos judiciales y medidas sobre visores de justicia) y litigios en el Tribunal Constitucional, en lugar de requerir un autogolpe. El Estado peruano maneja estas fricciones mediante controversias técnicas sobre exclusividades operativas y fiscalización de organismos como Ositran, prefiriendo la vía de la fricción diplomática y legal antes que un quiebre de régimen.

Pensar que un Ejecutivo se arriesgará a un cierre del Congreso y a una expropiación estilo confiscación para satisfacer una exigencia de seguridad de Washington subestima las enormes ataduras económicas y legales del Perú en el tablero global. En el siglo XXI, las potencias compiten mediante guerras regulatorias, presiones diplomáticas y litigios corporativos, no mediante la expropiación por decreto de puertos globales multimillonarios.

Sin embargo, la lectura sobre el pragmatismo descarnado de la geopolítica global actual coincide con una de las tesis más realistas de las relaciones internacionales. Cuando las superpotencias entran en una pugna hegemónica total (como la actual competencia entre Estados Unidos y China), la estabilidad interna, el bienestar o el futuro de la población de un país periférico suelen pasar a un plano absolutamente secundario frente al objetivo de seguridad nacional de la potencia. Examinar esta premisa permite entender la magnitud de la presión que enfrenta el Perú:

EL FIN DE LOS MIRAMIENTOS NORMATIVOS (LA DOCTRINA DEL "INTERÉS VITAL")

  • La erosión del derecho internacional: Los acontecimientos recientes en diversas regiones del planeta han demostrado que los marcos multilaterales y las normas jurídicas internacionales se invocan o se ignoran según convenga a los intereses de Washington o cualquier otro actor global.
  • Prioridad de la seguridad hemisférica: Para Estados Unidos, la presencia de infraestructura crítica de doble uso (comercial y potencialmente estratégica/militar) controlada por su principal rival geopolítico en lo que considera su tradicional zona de influencia ("el patio trasero") es un asunto de seguridad nacional de primer orden. Bajo esa lógica de supervivencia hegemónica, el impacto socioeconómico o político interno que sufra un país como el Perú frente a una disputa de esta magnitud suele ser considerado un "daño colateral" aceptable.

LA PRESIÓN REAL YA OPERA POR VÍAS DE COERCIÓN BLANDA Y SELECTIVA

En lugar de requerir un autogolpe burdo o una expropiación por decreto (medidas que hoy generarían un caos inmanejable), la gran potencia recurre a herramientas de presión directa sobre los operadores de justicia, reguladores y actores políticos locales para inclinar la balanza.

  • Las recientes tensiones diplomáticas y sanciones selectivas de visados a funcionarios judiciales peruanos (caso juez peruano Juan Carlos Núñez Matos) involucrados en litigios sobre el puerto de Chancay muestran que la disputa no es una teoría lejana, sino una intervención activa sobre la soberanía institucional del país.

Es razonable dudar de que a la superpotencia estadounidense en pugna le importe el bienestar interno peruano si este entra en contradicción con su estrategia de contención a China. Sin embargo, más que un salto al vacío mediante un cierre de Congreso —el cual destruye la predictibilidad jurídica que los propios inversionistas y aliados occidentales también exigen—, la presión estadounidense suele canalizarse mediante la captura regulatoria, la coacción a los poderes del Estado y la alineación forzada de las élites gobernantes. El verdadero peligro para la democracia no es solo el autoritarismo local, sino convertirse en un peón sin margen de decisión dentro de un tablero ajeno.

El núcleo de la presión geopolítica actual en torno a la infraestructura estratégica del país, reside en las recientes tensiones diplomáticas, las decisiones de organismos reguladores y las acciones de coerción selectiva —como la revocación de visados a magistrados vinculados a disputas del terminal portuario— y reflejan que el Estado peruano se encuentra sometido a un marcaje muy estrecho.

Sin embargo, a pesar de que el margen de maniobra se reduce drásticamente ante la pugna entre Washington y Pekín, el Gobierno peruano ha optado, por el momento, por gestionar la crisis a través de canales de fricción regulatoria y litigios institucionales en lugar de un quiebre abrupto del régimen:

  • La vía de la controversia legal: En lugar de recurrir a medidas de fuerza o confiscaciones por decreto, las disputas sobre exclusividades operativas y el rol de entidades como OSITRAN se han dirimido en tribunales y apelaciones constitucionales.
  • El discurso oficial de soberanía: Desde la Cancillería y el Ejecutivo se ha rechazado la idea de tener que elegir de manera absoluta entre ambas superpotencias, intentando mantener un delicado equilibrio entre la alianza de seguridad con Estados Unidos y la dependencia comercial masiva con China.
  • La presión por facultades sin romper la legalidad: Las tensiones entre el Ejecutivo y el Parlamento por la delegación de facultades legislativas se mantienen dentro del marco de la retórica política y la negociación institucional, bajo la premisa de actuar respetando las normas democráticas vigentes.

¿Defender el orden o perder el poder?: La paradoja de las élites frente a la norma

El uso instrumental de las normas y la crisis de hegemonía

  • La paradoja del poder y la norma: Las élites dominantes crean e institucionalizan las normas para consolidar su orden y legitimidad. Sin embargo, cuando pierden hegemonía frente a élites emergentes, esas mismas reglas dejan de garantizar su reproducción de poder y se convierten en obstáculos.
  • La inversión normativa: Se produce cuando la élite declinante pasa de respetar la norma a reinterpretarla, saltársela, instrumentalizarla o imponer estados de excepción. El poder deja de estar sometido a la norma para pasar a redefinirla o colocarse por encima de ella.
  • Fases del proceso hegemónico:

1.      Consenso y legitimidad: La élite dominante controla la economía, la política y las instituciones mediante normas aceptadas pacíficamente.

2.      Crisis de hegemonía: Una élite emergente (económica, política, tecnológica o financiera) disputa el poder institucional.

3.      Coerción y excepción: Ante la pérdida de control, la élite tradicional transita del consenso a la defensa abierta del poder, utilizando desde la presión económica y la judicialización hasta la coerción o la intervención militar.

  • La prueba ética de la democracia: Una verdadera cultura institucional no se mide cuando las reglas favorecen a una élite, sino cuando esta acepta las reglas y los resultados incluso cuando le toca perder. Si las instituciones son débiles, son fácilmente capturadas; si son fuertes, obligan a competir dentro del marco legal.
  • Aplicación analítica: "¿Qué hace una élite cuando descubre que las reglas que construyó ya no garantizan su dominio?" la pregunta sirve como marco teórico transversal para estudiar procesos de crisis institucional, democracias (como el caso de Perú) y la relación entre élites económicas, poder militar y transformación tecnológica.

jueves, 24 de septiembre de 2026

PASADO Y PRESENTE DE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ III militarización de la decisión política

 

 

PASADO Y PRESENTE DE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ III

militarización de la decisión política

Por: Arturo Muñoz Portugal, CHC e IA

El poder militar no desaparece en 1980, eso sí termina el gobierno militar. Sin embargo, durante buena parte de los años ochenta los civiles gobiernan un Estado en el que las Fuerzas Armadas conservan una enorme centralidad, sobre todo por el conflicto armado interno. La propia documentación sobre el período señala la presencia de ministros y altos mandos militares en los primeros gobiernos democráticos.

1980–1985

Fernando Belaúnde Terry, presidente de origen civil, del partido Acción Popular, fue presidente de 1980–1985, mantuvo una relación con las FF.AA. con control civil y delegación creciente de funciones de seguridad. Una primera paradoja. El régimen es democrático, pero la expansión de la violencia política hace que las Fuerzas Armadas recuperen progresivamente protagonismo en la seguridad interna.

Y eso trae la consecuencia de que el poder militar no necesita gobernar para recuperar importancia política. Puede recuperar influencia mediante la encargatura de la seguridad compartida con las fuerzas policiales, en un determinado territorio, aportando inteligencia, colaboración en operaciones, para lo que cuenta con presupuesto, ejerciendo el mando político militar.

MINISTROS MILITARES

Aunque la democracia ha retornado en 1980 encontramos todavía una fuerte presencia militar en Defensa e Interior (influencia que dura hasta hoy). La documentación del período identifica militares en situación de retiro como ministros y comandantes de las fuerzas del orden controlando territorio. La transición democrática no significó inmediatamente la civilización completa de la conducción de la seguridad y defensa. Es decir, que no existe todavía una separación tajante entre "mundo civil" y "mundo militar". Existe una interpenetración institucional.

1985–1990: GARCÍA Y EL COMBATE AL TERRORISMO

Aquí se produce una transformación. Alan García llega a la Presidencia como civil, pero el Estado enfrenta una expansión de la violencia. El LUM/CVR documenta que, en 1985, después de las emboscadas senderistas, las Fuerzas Armadas asumieron operaciones de gran intensidad en Ayacucho. Lo cual lleva a una Militarización funcional de la seguridad, sin que necesariamente los militares gobiernen, sino que los militares reciben crecientes funciones estatales de seguridad.

1987: UN MOMENTO CLAVE

En marzo de 1987 se crea el Ministerio de Defensa, integrando los antiguos ministerios de Guerra, Marina y Aeronáutica, junto con el Comando Conjunto y otros organismos.

Esto produce una transformación institucional, antes existían tres ministerios: el de Guerra, de Marina y Aeronáutica; luego sólo uno: el Ministerio de Defensa, con el Comando Conjunto integrado por el Ejército, la Marina y la FAP. Es una centralización administrativa de la defensa.

Y LLEGAMOS A 1990

Aquí cambia todo. Alberto Fujimori llega a la Presidencia como civil. Atraviesa tres etapas: presidente constitucional desde 1990, gobierno de emergencia desde el autogolpe de 1992 y nuevamente presidente constitucional desde 1995. El elemento decisivo es la arquitectura de poder que construye alrededor de la inteligencia.

EL EJE FUJIMORI–MONTESINOS

El archivo del Congreso registra la reunión del 13 de marzo de 1999 en la que aparecen conjuntamente. Es decir: Ejército, Marina, FAP, PNP, SIN, Defensa, Interior y Montesinos; el nodo de poder.

Y se identifica la variable Integración Interinstitucional. Porque no estamos observando solamente individuos. Estamos observando conexiones entre instituciones.

CAMBIO DE METODOLOGÍA

Por eso, para 1990–2000 tendremos que identificar tres niveles:

CONCLUSIÓN DE LA BASE 1980–2000

Entre 1980 y 2026 el poder militar peruano cambia de forma, pero no desaparece. Pasa de ser un poder que podía pretender gobernar directamente a convertirse progresivamente en un poder institucional, de seguridad, inteligencia, participación electoral y de influencia sobre el sistema político.

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LA TRANSFORMACIÓN PUEDE RESUMIRSE ASÍ

 

Capital militar

¿Qué proporciona?

¿En qué puede transformarse?

Rango

autoridad

liderazgo político

Disciplina

organización

estructura partidaria

Formación estratégica

planificación

capacidad de gobierno

Redes de promoción

contactos

redes políticas

Información

conocimiento

inteligencia política

Experiencia territorial

conocimiento del país

discurso nacional

Prestigio institucional

legitimidad

capital electoral

Experiencia de crisis

capacidad de respuesta

liderazgo presidencial

Redes de retirados

solidaridad corporativa

influencia política

Acceso a seguridad

información sensible

poder institucional

 

El militarismo peruano no desaparece después de 1980; se desmilitariza formalmente y se transforma funcionalmente.

PRIMERA METAMORFOSIS: DEL CUARTEL AL ESTADO DEMOCRÁTICO

Entre 1980 y 1990 tenemos una situación paradójica. La democracia vuelve. Pero la violencia política hace que el Estado vuelva a necesitar a las Fuerzas Armadas.

El segundo ciclo de la historia militar peruana identificado por la literatura especializada corresponde precisamente a esta etapa: las Fuerzas Armadas fueron involucradas en la lucha contraterrorista y adquirieron nuevamente un papel central.

Esto genera una consecuencia fundamental: El poder militar deja de ser principalmente político y comienza a ser principalmente securitario.

SEGUNDA METAMORFOSIS: EL MILITAR DESCUBRE EL PODER DE LA INTELIGENCIA

Aquí llegamos al corazón del período Fujimori. El centro del poder ya no está exclusivamente en el Ejército. Está en la conexión:

  • PRESIDENCIA
    • ↳ SIN
      • ↳ COMANDOS MILITARES
        • ↳ POLICÍA
          • ↳ INFORMACIÓN

Vladimiro Montesinos Torres representa una figura completamente distinta del clásico caudillo militar. No gobierna formalmente. No es presidente. No ocupa necesariamente el cargo institucional más importante. Pero posee algo extraordinariamente poderoso: Información, redes, capacidad de coordinación.

La investigación del Congreso sobre el régimen Fujimori-Montesinos concluyó que se buscó asegurar el control directo de las FF.AA., los sistemas de inteligencia y seguridad nacional por la Presidencia, Montesinos y la cúpula militar. Por eso, es clave: información, inteligencia, redes, control institucional, poder presidencial. Ese mecanismo es mucho más sofisticado.

Y APARECE UNA PARADOJA EXTRAORDINARIA

Alberto Fujimori es civil. Pero su régimen termina teniendo una fuerte arquitectura militar-inteligente. Mientras que: Ollanta Humala Tasso es militar; pero llega al poder mediante elecciones.

Alberto Fujimori deviene en un gobierno autoritario, dictadura cívico militar. Mientras Ollanta Humala conduce un gobierno relativamente democrático liberal. Tenemos entonces dos caminos completamente diferentes, con dos desenlaces distintos:

A: Fujimori, civil que asume la presidencia, gobierna con el aparato de inteligencia y los militares, con una práctica caracterizada por el autoritarismo.

B: por el contrario, Humala es un militar en situación de retiro, que funda un movimiento político etnocacerista, que como partido participa en las elecciones y alcanza la presidencia, con una práctica democrático liberal.

TERCERA METAMORFOSIS: DEL MILITAR AL POLÍTICO

El caso Humala demuestra que el militar puede convertir su experiencia institucional en capital electoral. No significa que todos los militares sean autoritarios y, tampoco, que la procedencia militar determine el comportamiento presidencial.

Significa que: La institución militar puede producir una identidad política susceptible de ser convertida en representación electoral. En 2006 Humala ya aparece como una fuerza nacional: segundo lugar en primera vuelta y ganador en 18 distritos electorales. Y en 2011 consigue finalmente la Presidencia. 

LA VERDADERA RUPTURA OCURRE EN 2000

El año 2000 es el punto de inflexión principal. Porque se rompe simultáneamente el modelo Fujimori-Montesinos y aparece una nueva posibilidad: El militar ya no necesita tomar el Estado para entrar en la política, puede entrar por la puerta electoral.

¿Por qué vías el capital militar entra al sistema político? Son cinco:

1. Cuartelazo o golpe Estado militar tomando el gobierno.

2. Seguridad o las FF.AA. intervienen vía un estado de emergencia, logrando poder institucional.

3. Inteligencia o las FF.AA. proveen información a la presidencia

4. Congreso o un militar retirado postula por un partido obteniendo un cargo en el congreso.

5. Elecciones o un militar retirado logra liderazgo en la sociedad, consigue los votos necesarios para alcanzar la presidencia

El Congreso no fue la principal puerta de entrada del poder militar. Durante buena parte de este período, la influencia militar ha operado por fuera del Congreso, especialmente a través del Ejecutivo, Defensa, Interior, los comandos político-militares y, en los años noventa, el aparato de inteligencia.

Entre 1980 y 1992 el Perú tuvo un Congreso bicameral: 60 senadores y 180 diputados. Después del autogolpe del 5 de abril de 1992, Fujimori disolvió ambas cámaras y se convocó al Congreso Constituyente Democrático (CCD), elegido en noviembre de 1992. El CCD funcionó como órgano constituyente y como Parlamento hasta 1995. Desde 1995 hasta el 2026 hubo un Congreso unicameral.

FASES EN QUE SE DIVIDE LA INFLUENCIA MILITAR

FASE I, 1980–1990: periodo de Democracia en el que aparecen grupos terrorista, contra los cuales se produce un creciente protagonismo militar.

FASE II, 1990–1992: asume Fujimori, gobierna con las FF.AA. y el aparato de inteligencia y el 5 abril da el autogolpe.

FASE III, 1992–1995: se convoca al Congreso Constituyente Democrático, en 1993 se aprueba la nueva Constitución y se produce la consolidación del nuevo régimen.

FASE IV, 1995–2000: se elige el Congreso unicameral de acuerdo a la nueva Constitución, dando inicio a la segunda etapa del gobierno cívico militar de Fujimori, con lo cual se consigue la consolidación de la estructura presidencial-inteligencia-militar.

EL CONGRESO NO PARECE SER EL CENTRO

No se encuentra una gran masa de generales, coroneles o almirantes convertidos en congresistas durante 1980–2000. lo que comienza a aparecer es otra arquitectura: desde la presidencia se nombra ministros militares en defensa bajo comando militar y del aparato de inteligencia. Paralelamente, la presidencia nombra en el despacho de interior a miembros de la policía o de las FF.AA.

El Congreso aparece más como espacio de fiscalización, legitimación o conflicto, no necesariamente como el núcleo originario del poder militar. 1980–1990: el militar está más cerca del ejecutivo que del parlamento. Esto permite distinguir dos espacios: el Congreso que controla, fiscaliza y eventualmente acusa. Y el Ejecutivo que controla el aparato de seguridad y es donde se encuentra el poder operativo. Por tanto: durante la primera década democrática, la militarización de la política no se produce principalmente porque los militares ocupen curules, sino porque el Estado les entrega funciones extraordinarias de seguridad.

LA VERDADERA TRANSFERENCIA DE PODER OCURRE EN LAS ZONAS DE EMERGENCIA

Lo que surge es el Poder Territorial Militar, porque durante la lucha contra el terrorismo el Estado delegó enormes capacidades a los Comandos Político-Militares. Incluso en la documentación legislativa de 1986 aparece explícitamente el debate sobre las atribuciones otorgadas por la Ley 24150 a los Comandos Político-Militares durante los estados de emergencia.

Eso significa que un general podía tener:

  • autoridad territorial,
  • capacidad de coordinación con autoridades civiles,
  • control operativo de fuerzas,
  • acceso privilegiado a información,
  • capacidad de interlocución directa con Lima,

1990–1992: AQUÍ SE PRODUCE LA GRAN MUTACIÓN

El Congreso elegido en 1990 tenía: 60 senadores y 180 diputados. Pero el poder real del sistema comenzó a desplazarse hacia otro eje:

  • Fujimori
    • ↳ Montesinos
      • ↳ SIN
        • ↳ Altos Mandos
          • ↳ FF. AA. y PNP

No estamos ante simples relaciones individuales. Tenemos una estructura horizontal de coordinación entre los máximos niveles de seguridad del Estado.

Y EL 5 DE ABRIL DE 1992 ES EL PUNTO DE RUPTURA

En marzo de 1999, altos mandos y miembros del sistema de inteligencia elaboraron una declaración según la cual el apoyo de las FF.AA., PNP y organismos de inteligencia al autogolpe de 1992 había expresado la voluntad institucional de esas corporaciones. Esto significa la Militarización de la decisión política. Ya no es simplemente que el militar ejecuta una política presidencial. Es que la institución militar adoptó una posición política y respaldó una ruptura institucional.

Y explica por qué el Congreso de 1990–1992 resulta tan importante: su disolución muestra que el problema era qué relación existía entre el Parlamento y el aparato militar-inteligente situado fuera de él.

DESPUÉS DEL AUTOGOLPE APARECE OTRA PARADOJA

El CCD de 1992–1995 no fue un Parlamento ordinario. Fue elegido después de la ruptura institucional y recibió la misión de elaborar una nueva Constitución. La documentación oficial registra, por ejemplo, la instalación de la Junta Preparatoria el 20 de diciembre de 1992 y la incorporación de los representantes elegidos. La Constitución de 1993 terminó creando un sistema presidencial más fuerte y un Congreso unicameral.

Antes de la Constitución del 93 los militares ejercían influencia sobre el sistema político, después de 1993 la presidencia ejerce control político que permite el reordenamiento institucional. Es decir: el poder militar deja de necesitar gobernar directamente porque el ejecutivo civil incorpora buena parte de sus capacidades de seguridad dentro de una estructura presidencial concentrada. y el congreso queda al costado de esta estructura ejecutiva cívico militar, intentando fiscalizarla, negociar con ella o enfrentarse a ella.

DENSIDAD DE PODER MILITAR

La Democracia 1980–1990 es de una Alta influencia militar y subordinación todavía significativa. Con Fujimori 1990–2000 hay una Alta influencia militar, pero con una fuerte integración con el poder presidencial. En la era Post-Fujimori se da un proceso de Desmilitarización formal con persistencia de capital institucional. En cambio, Humala representa la Conversión del capital militar en capital electoral. Por lo tanto: “El capital militar peruano experimentó una progresiva transformación de sus mecanismos de conversión política.”