Cuento de Primavera
Cuidémonos
de la Policía
Por: Arturo Muñoz Portugal
A las
cuatro de la mañana, cuando la ciudad todavía duerme y las calles parecen
pertenecerle a la oscuridad, Mariela despide a su esposo con un beso.
—Dios te
bendiga. Cuídate mucho.
Cipriano
sube al microbús, enciende el motor y espera unos minutos a que caliente. Antes
de arrancar, escucha la voz de su hijo de seis años desde la puerta de la casa:
—¡Papá,
cuídate de los policías!
Cipriano
sonríe.
No le ha
dicho: «Cuídate de los extorsionadores». Tampoco: «Cuídate de los ladrones».
Mucho menos: «Maneja con cuidado».
Le ha
dicho que se cuide de los policías.
En la
casa de un chofer de microbús de servicio público se habla de muchas cosas,
pero hay una conversación que nunca falta: la policía.
Se habla
de los operativos sorpresivos, de los documentos que siempre falta alguno, de
la tarjeta de propiedad, del brevete, de la revisión técnica, de las multas y,
sobre todo, de los «cariños» que permiten seguir trabajando.
Los
padres hablan de ello delante de sus hijos.
Los
hijos escuchan.
Y
aprenden.
Washington,
el pequeño de seis años, ha aprendido que en la calle hay ladrones,
extorsionadores y policías.
Y que,
de todos ellos, quizá haya que tener más cuidado con los últimos.
Dos días
después, Mariela ve llegar a Cipriano con el rostro cansado.
—Estás
agotado.
—Ha sido
un día pesado.
—Mañana
voy contigo.
Al día
siguiente se sienta a su lado, en el asiento del copiloto.
Sobre la
cubierta del motor, entre ambos, hay una franela verde. Encima reposan las
monedas: cinco soles, un sol, cincuenta, veinte y diez céntimos. Los billetes
están guardados en una bolsa.
Es la
pequeña caja de operaciones de la jornada.
Mariela
toma el micrófono y, a través de los parlantes del microbús, anuncia la ruta y
llama a los pasajeros que esperan en las esquinas.
No
existen paraderos suficientes.
Y los
pocos que alguna vez se instalaron son ignorados con la misma facilidad con que
las autoridades ignoran el problema.
Así que
el pasajero estira la mano y el microbús se detiene.
A mitad
de cuadra.
En una
esquina.
Donde
sea.
Total,
es un sol con treinta céntimos más.
Cipriano
conduce con los ojos clavados en la carretera.
Suena el
celular.
Contesta.
—¿Aló?
Una voz
conocida le advierte:
—Después
del puente de la avenida Venezuela hay operativo. Está la policía.
Cipriano
mira hacia adelante.
Demasiado
tarde.
Un
policía le hace una señal para que se detenga.
—Documentos.
Cipriano
entrega los papeles.
El
policía los revisa.
—La
revisión técnica está vencida.
Mariela
mira a su esposo.
No
necesitan hablar.
Le
alcanza cinco soles.
Cipriano
los toma y se los entrega al policía.
—Jefa,
déjenos pasar. Recién estamos empezando.
La mujer
policía mira la moneda y luego a Cipriano.
Sonríe.
—El
Grupo 5 ya pasó de moda.
Cipriano
no entiende.
—¿Cómo?
—Y
Armonía 10 también.
La
sonrisa desaparece.
—La
multa por la revisión vencida es alta. El cariño tiene que estar de acuerdo con
la cifra.
—Jefa,
recién he salido. Todavía no he hecho ni una vuelta.
La mujer
lo mira con fastidio.
Mariela
mete la mano en la bolsa.
Saca un
billete de veinte y otro de diez.
Los
entrega.
La
policía los recibe.
Guarda
el dinero.
Devuelve
los documentos.
Y se
aleja.
Ni una
palabra.
Ni una
mirada atrás.
Cipriano
enciende el motor.
El
microbús vuelve a la ruta.
Durante
unos segundos conduce en silencio.
Entonces
recuerda una frase que alguna vez escuchó decir a Alan García a Jaime Bayly:
La plata
llega sola.
Cipriano
piensa que, al parecer, para algunos nunca deja de llegar.
Jessica
se acerca al suboficial encargado del operativo.
—No pude
sacarles nada. Recién estaban comenzando.
El
hombre la mira con desconfianza.
Jessica
no explica más.
Regresa
a la pista y vuelve a detener microbuses.
Después
de todo, no piensa trabajar gratis para su jefe.
Que él
mismo se consiga sus frejoles.
Ella ya
había pagado piso.
Cuando
salió de la escuela policial, joven, sin experiencia y sin «cancha», entregaba
las coimas a sus superiores. Ellos recibían el dinero y jamás compartían con
ella.
Hasta
que una compañera, con más años en el cuerpo, un día la llamó aparte.
—¿Eres
tonta?
Jessica
la miró sorprendida.
—¿Por
qué?
—No
tienes que entregarles todo.
—¿Entonces?
La mujer
sonrió.
—Solo
cuando no haya de otra les das una parte.
Jessica
aprendió.
Como
aprenden tantos.
Son las
diez de la noche.
En la
calle San Francisco, Sandra, una joven de veintitrés años, acaba de ser
golpeada y asaltada.
Le han
quitado su iPhone.
Asustada,
llama a Leonardo, un amigo varios años mayor que ella.
Leonardo
acude inmediatamente acompañado de Verónica y Fabiola, dos jóvenes que se
encontraban con él.
—¿Estás
bien?
Sandra
asiente.
—Me
golpearon. Me quitaron el celular.
Verónica
saca su tableta.
Abre un
programa.
Espera.
Observa
la pantalla.
—Aquí
está.
—¿Dónde?
—El
teléfono está transmitiendo su ubicación.
Los
cuatro se miran.
Hay una
dirección.
El
teléfono está en movimiento.
—Vamos a
la comisaría.
Llegan a
la Primera Comisaría.
Jessica,
la misma mujer policía del operativo de tránsito, está de servicio.
Escucha
a Sandra.
Mira la
tableta.
—Disculpen,
pero no puedo asentar la denuncia.
Leonardo
frunce el ceño.
—¿Cómo
que no puede?
—Según
la ubicación, el celular está en el distrito de Mariano Prado.
—¿Y?
—Tiene
que ir a la comisaría de Mariano Prado.
Leonardo
exige hablar con un superior.
Después
de unos minutos aparece un oficial.
Habla
con Jessica.
Luego se
acerca a Leonardo.
—No hay
problema. Regrese donde la técnico Jessica. Ella lo va a atender.
Leonardo
vuelve.
Jessica
apenas levanta la mirada.
—Ya le
he dicho que no puedo asentar su denuncia. Tiene que ir a Mariano Prado.
Le
entrega un papel.
—Aquí
tiene. Para que allá asienten la denuncia.
Leonardo
mira el papel.
Luego
mira a Sandra.
Son casi
las once y media de la noche.
No hay
tiempo para discutir.
Toman un
taxi.
En la
plaza Umachiri bajan del vehículo y entran en la comisaría de Mariano Prado.
Explican
nuevamente lo sucedido.
Muestran
la tableta.
El
suboficial que los atiende se lleva una mano a la barbilla.
—La
dirección está en el límite.
—¿El
límite de qué?
—De
Mariano Prado y Paucartambo.
Hace una
pausa.
—Ese
lugar corresponde al puesto policial de Paucartambo.
Leonardo
cierra los ojos.
Respira
profundamente.
Las tres
jóvenes están agotadas.
Pero el
teléfono sigue allí.
Y si
esperan demasiado, desaparecerá.
Consiguen
otro taxi.
Ocho
cuadras más.
—¿Quiénes
son ustedes?
—Yo soy
Leo. Ellas son Verónica y Fabiola. Y ella es Sandra, la agraviada.
—¿Qué ha
pasado?
Leonardo
explica.
Verónica
muestra nuevamente la tableta.
—Aquí
está el teléfono.
El
policía observa la pantalla.
—Sí.
Mira el
reloj.
—Pero ya
es muy tarde. Es la una de la mañana y no tengo patrullero disponible.
Leonardo
lo mira fijamente.
—Yo
pongo la gasolina.
La
expresión del policía cambia.
—¿Usted
pone la gasolina?
—Sí.
—Perfecto.
Toma el
teléfono.
—Comunícate
con Henry y Luis. Que nos acompañen.
Pocos
minutos después, suben al patrullero.
La
camioneta se estaciona detrás del puesto policial.
Avanzaron
apenas una cuadra.
Henry
mira la dirección.
—Aquí
es.
Leonardo
observa la casa.
Tres
pisos.
Mira la
pantalla de la tableta.
Vuelve a
mirar la casa.
¿Cómo...?
Está
prácticamente al lado del puesto policial.
Tocan la
puerta.
Nadie
responde.
Son casi
las dos de la mañana.
Entonces
aparece una moto de reparto.
El
conductor lleva comida.
Se
comunica con alguien dentro de la vivienda.
Poco
después, un joven abre la puerta.
Extiende
la mano.
Recibe
el paquete.
Y
empieza a cerrar.
Leonardo
mete el pie.
—Espere.
El joven
forcejea.
Leonardo
no retrocede.
Los
policías intervienen.
En
segundos, la puerta vuelve a abrirse.
Ingresan.
Los
policías.
Sandra.
Leonardo.
Verónica.
Fabiola.
La
búsqueda comienza.
Los
policías se quedan en el primer piso.
Verónica
avanza con la tableta.
Segundo
piso.
Nada.
Pero la
señal se intensifica.
—Está
más cerca.
Suben.
Tercer
piso.
La señal
se vuelve fortísima.
El
aparato emite luz y sonido.
Sandra
mira alrededor.
Entonces
lo ve.
Sobre
una mesa hay varias docenas de celulares.
Toma el
suyo.
Es el
mismo.
El que
le robaron.
En ese
instante escucha un movimiento.
Alguien
se ha despertado.
—¡Bajemos!
Todos
regresan al primer piso.
Los
policías conversan con el joven que abrió la puerta.
Hablan
en voz baja.
Sandra,
Leonardo, Verónica y Fabiola son sacados de la casa.
Esperan
afuera.
Pasa un
rato.
Finalmente
salen los policías.
Traen a
un detenido.
Solo
uno.
Lo
introducen en la camioneta policial.
Se lo
llevan.
Leonardo
piensa que ahora sí podrán denunciar.
Pero un
suboficial se acerca discretamente.
Mira a
un lado.
Luego al
otro.
Y le
habla casi en un susurro:
—Mejor
no continúen con la denuncia.
Leonardo
lo mira.
—¿Qué
pasa?
El
policía duda.
—¿Acaso
no han escuchado hablar de los Tíos?
—¿Los
Tíos?
—Los
Tíos de Lima.
Leonardo
no comprende.
—¿Quiénes
son?
El
suboficial baja todavía más la voz.
—Los de
arriba. Los jefes corruptos.
Hace una
pausa.
—Todos
los delincuentes del país están bajo su protección.
Leonardo
permanece en silencio.
—Trabajan
para el gobierno —agrega el policía.
Y se
aleja.
Son las
cinco de la mañana.
El
Mercado San Camilo empieza a despertar.
Los
cuatro desayunan en silencio.
Café
caliente.
Pan.
Cansancio.
Sandra
tiene nuevamente su teléfono.
Pero
nadie siente que haya ganado.
Después
de todo lo sucedido, una de las jóvenes rompe el silencio:
—Vamos a
tener que cuidarnos de la policía.
Verónica
deja el vaso sobre la mesa.
—Nosotras
hemos hecho todo.
Fabiola
asiente.
—Mejor
hubiéramos llamado a Christian y a Elvis.
Leonardo
sonríe con cansancio.
—Ellos
hasta golpeaban a los choros.
Sandra
mira su celular.
Lo
aprieta entre las manos.
Luego
recuerda algo.
—Sí.
Levanta
la mirada.
—Razón
tienen en Juliaca.
—¿En
qué?
Sandra
responde:
—En
poner carteles que dicen:
«NO SE
PERMITEN LADRONES. NOSOTROS NO LLAMAMOS A LA POLICÍA».
Afuera
empieza a amanecer.
La
ciudad despierta.
Los
micros vuelven a las calles.
Los
policías regresan a sus puestos.
Los
ladrones, quizá, también.
Y
Washington, el niño de seis años, todavía duerme en su casa.
Dentro
de unas horas volverá a ver a su padre.
Tal vez
le dé un abrazo.
Tal vez
le pregunte cómo le fue.
Y quizá
Cipriano le responda que todo estuvo bien.
Porque
hay verdades que un padre prefiere no contarle a su hijo.
Aunque
el niño ya las haya aprendido.
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