lunes, 14 de septiembre de 2026

Cuento de Primavera Cuidémonos de la Policía

 

Cuento de Primavera

Cuidémonos de la Policía

Por: Arturo Muñoz Portugal

A las cuatro de la mañana, cuando la ciudad todavía duerme y las calles parecen pertenecerle a la oscuridad, Mariela despide a su esposo con un beso.

—Dios te bendiga. Cuídate mucho.

Cipriano sube al microbús, enciende el motor y espera unos minutos a que caliente. Antes de arrancar, escucha la voz de su hijo de seis años desde la puerta de la casa:

—¡Papá, cuídate de los policías!

Cipriano sonríe.

No le ha dicho: «Cuídate de los extorsionadores». Tampoco: «Cuídate de los ladrones». Mucho menos: «Maneja con cuidado».

Le ha dicho que se cuide de los policías.

En la casa de un chofer de microbús de servicio público se habla de muchas cosas, pero hay una conversación que nunca falta: la policía.

Se habla de los operativos sorpresivos, de los documentos que siempre falta alguno, de la tarjeta de propiedad, del brevete, de la revisión técnica, de las multas y, sobre todo, de los «cariños» que permiten seguir trabajando.

Los padres hablan de ello delante de sus hijos.

Los hijos escuchan.

Y aprenden.

Washington, el pequeño de seis años, ha aprendido que en la calle hay ladrones, extorsionadores y policías.

Y que, de todos ellos, quizá haya que tener más cuidado con los últimos.

Dos días después, Mariela ve llegar a Cipriano con el rostro cansado.

—Estás agotado.

—Ha sido un día pesado.

—Mañana voy contigo.

Al día siguiente se sienta a su lado, en el asiento del copiloto.

Sobre la cubierta del motor, entre ambos, hay una franela verde. Encima reposan las monedas: cinco soles, un sol, cincuenta, veinte y diez céntimos. Los billetes están guardados en una bolsa.

Es la pequeña caja de operaciones de la jornada.

Mariela toma el micrófono y, a través de los parlantes del microbús, anuncia la ruta y llama a los pasajeros que esperan en las esquinas.

No existen paraderos suficientes.

Y los pocos que alguna vez se instalaron son ignorados con la misma facilidad con que las autoridades ignoran el problema.

Así que el pasajero estira la mano y el microbús se detiene.

A mitad de cuadra.

En una esquina.

Donde sea.

Total, es un sol con treinta céntimos más.

Cipriano conduce con los ojos clavados en la carretera.

Suena el celular.

Contesta.

—¿Aló?

Una voz conocida le advierte:

—Después del puente de la avenida Venezuela hay operativo. Está la policía.

Cipriano mira hacia adelante.

Demasiado tarde.

Un policía le hace una señal para que se detenga.

—Documentos.

Cipriano entrega los papeles.

El policía los revisa.

—La revisión técnica está vencida.

Mariela mira a su esposo.

No necesitan hablar.

Le alcanza cinco soles.

Cipriano los toma y se los entrega al policía.

—Jefa, déjenos pasar. Recién estamos empezando.

La mujer policía mira la moneda y luego a Cipriano.

Sonríe.

—El Grupo 5 ya pasó de moda.

Cipriano no entiende.

—¿Cómo?

—Y Armonía 10 también.

La sonrisa desaparece.

—La multa por la revisión vencida es alta. El cariño tiene que estar de acuerdo con la cifra.

—Jefa, recién he salido. Todavía no he hecho ni una vuelta.

La mujer lo mira con fastidio.

Mariela mete la mano en la bolsa.

Saca un billete de veinte y otro de diez.

Los entrega.

La policía los recibe.

Guarda el dinero.

Devuelve los documentos.

Y se aleja.

Ni una palabra.

Ni una mirada atrás.

Cipriano enciende el motor.

El microbús vuelve a la ruta.

Durante unos segundos conduce en silencio.

Entonces recuerda una frase que alguna vez escuchó decir a Alan García a Jaime Bayly:

La plata llega sola.

Cipriano piensa que, al parecer, para algunos nunca deja de llegar.

Jessica se acerca al suboficial encargado del operativo.

—No pude sacarles nada. Recién estaban comenzando.

El hombre la mira con desconfianza.

Jessica no explica más.

Regresa a la pista y vuelve a detener microbuses.

Después de todo, no piensa trabajar gratis para su jefe.

Que él mismo se consiga sus frejoles.

Ella ya había pagado piso.

Cuando salió de la escuela policial, joven, sin experiencia y sin «cancha», entregaba las coimas a sus superiores. Ellos recibían el dinero y jamás compartían con ella.

Hasta que una compañera, con más años en el cuerpo, un día la llamó aparte.

—¿Eres tonta?

Jessica la miró sorprendida.

—¿Por qué?

—No tienes que entregarles todo.

—¿Entonces?

La mujer sonrió.

—Solo cuando no haya de otra les das una parte.

Jessica aprendió.

Como aprenden tantos.

Son las diez de la noche.

En la calle San Francisco, Sandra, una joven de veintitrés años, acaba de ser golpeada y asaltada.

Le han quitado su iPhone.

Asustada, llama a Leonardo, un amigo varios años mayor que ella.

Leonardo acude inmediatamente acompañado de Verónica y Fabiola, dos jóvenes que se encontraban con él.

—¿Estás bien?

Sandra asiente.

—Me golpearon. Me quitaron el celular.

Verónica saca su tableta.

Abre un programa.

Espera.

Observa la pantalla.

—Aquí está.

—¿Dónde?

—El teléfono está transmitiendo su ubicación.

Los cuatro se miran.

Hay una dirección.

El teléfono está en movimiento.

—Vamos a la comisaría.

Llegan a la Primera Comisaría.

Jessica, la misma mujer policía del operativo de tránsito, está de servicio.

Escucha a Sandra.

Mira la tableta.

—Disculpen, pero no puedo asentar la denuncia.

Leonardo frunce el ceño.

—¿Cómo que no puede?

—Según la ubicación, el celular está en el distrito de Mariano Prado.

—¿Y?

—Tiene que ir a la comisaría de Mariano Prado.

Leonardo exige hablar con un superior.

Después de unos minutos aparece un oficial.

Habla con Jessica.

Luego se acerca a Leonardo.

—No hay problema. Regrese donde la técnico Jessica. Ella lo va a atender.

Leonardo vuelve.

Jessica apenas levanta la mirada.

—Ya le he dicho que no puedo asentar su denuncia. Tiene que ir a Mariano Prado.

Le entrega un papel.

—Aquí tiene. Para que allá asienten la denuncia.

Leonardo mira el papel.

Luego mira a Sandra.

Son casi las once y media de la noche.

No hay tiempo para discutir.

Toman un taxi.

En la plaza Umachiri bajan del vehículo y entran en la comisaría de Mariano Prado.

Explican nuevamente lo sucedido.

Muestran la tableta.

El suboficial que los atiende se lleva una mano a la barbilla.

—La dirección está en el límite.

—¿El límite de qué?

—De Mariano Prado y Paucartambo.

Hace una pausa.

—Ese lugar corresponde al puesto policial de Paucartambo.

Leonardo cierra los ojos.

Respira profundamente.

Las tres jóvenes están agotadas.

Pero el teléfono sigue allí.

Y si esperan demasiado, desaparecerá.

Consiguen otro taxi.

Ocho cuadras más.

—¿Quiénes son ustedes?

—Yo soy Leo. Ellas son Verónica y Fabiola. Y ella es Sandra, la agraviada.

—¿Qué ha pasado?

Leonardo explica.

Verónica muestra nuevamente la tableta.

—Aquí está el teléfono.

El policía observa la pantalla.

—Sí.

Mira el reloj.

—Pero ya es muy tarde. Es la una de la mañana y no tengo patrullero disponible.

Leonardo lo mira fijamente.

—Yo pongo la gasolina.

La expresión del policía cambia.

—¿Usted pone la gasolina?

—Sí.

—Perfecto.

Toma el teléfono.

—Comunícate con Henry y Luis. Que nos acompañen.

Pocos minutos después, suben al patrullero.

La camioneta se estaciona detrás del puesto policial.

Avanzaron apenas una cuadra.

Henry mira la dirección.

—Aquí es.

Leonardo observa la casa.

Tres pisos.

Mira la pantalla de la tableta.

Vuelve a mirar la casa.

¿Cómo...?

Está prácticamente al lado del puesto policial.

Tocan la puerta.

Nadie responde.

Son casi las dos de la mañana.

Entonces aparece una moto de reparto.

El conductor lleva comida.

Se comunica con alguien dentro de la vivienda.

Poco después, un joven abre la puerta.

Extiende la mano.

Recibe el paquete.

Y empieza a cerrar.

Leonardo mete el pie.

—Espere.

El joven forcejea.

Leonardo no retrocede.

Los policías intervienen.

En segundos, la puerta vuelve a abrirse.

Ingresan.

Los policías.

Sandra.

Leonardo.

Verónica.

Fabiola.

La búsqueda comienza.

Los policías se quedan en el primer piso.

Verónica avanza con la tableta.

Segundo piso.

Nada.

Pero la señal se intensifica.

—Está más cerca.

Suben.

Tercer piso.

La señal se vuelve fortísima.

El aparato emite luz y sonido.

Sandra mira alrededor.

Entonces lo ve.

Sobre una mesa hay varias docenas de celulares.

Toma el suyo.

Es el mismo.

El que le robaron.

En ese instante escucha un movimiento.

Alguien se ha despertado.

—¡Bajemos!

Todos regresan al primer piso.

Los policías conversan con el joven que abrió la puerta.

Hablan en voz baja.

Sandra, Leonardo, Verónica y Fabiola son sacados de la casa.

Esperan afuera.

Pasa un rato.

Finalmente salen los policías.

Traen a un detenido.

Solo uno.

Lo introducen en la camioneta policial.

Se lo llevan.

Leonardo piensa que ahora sí podrán denunciar.

Pero un suboficial se acerca discretamente.

Mira a un lado.

Luego al otro.

Y le habla casi en un susurro:

—Mejor no continúen con la denuncia.

Leonardo lo mira.

—¿Qué pasa?

El policía duda.

—¿Acaso no han escuchado hablar de los Tíos?

—¿Los Tíos?

—Los Tíos de Lima.

Leonardo no comprende.

—¿Quiénes son?

El suboficial baja todavía más la voz.

—Los de arriba. Los jefes corruptos.

Hace una pausa.

—Todos los delincuentes del país están bajo su protección.

Leonardo permanece en silencio.

—Trabajan para el gobierno —agrega el policía.

Y se aleja.

Son las cinco de la mañana.

El Mercado San Camilo empieza a despertar.

Los cuatro desayunan en silencio.

Café caliente.

Pan.

Cansancio.

Sandra tiene nuevamente su teléfono.

Pero nadie siente que haya ganado.

Después de todo lo sucedido, una de las jóvenes rompe el silencio:

—Vamos a tener que cuidarnos de la policía.

Verónica deja el vaso sobre la mesa.

—Nosotras hemos hecho todo.

Fabiola asiente.

—Mejor hubiéramos llamado a Christian y a Elvis.

Leonardo sonríe con cansancio.

—Ellos hasta golpeaban a los choros.

Sandra mira su celular.

Lo aprieta entre las manos.

Luego recuerda algo.

—Sí.

Levanta la mirada.

—Razón tienen en Juliaca.

—¿En qué?

Sandra responde:

—En poner carteles que dicen:

«NO SE PERMITEN LADRONES. NOSOTROS NO LLAMAMOS A LA POLICÍA».

Afuera empieza a amanecer.

La ciudad despierta.

Los micros vuelven a las calles.

Los policías regresan a sus puestos.

Los ladrones, quizá, también.

Y Washington, el niño de seis años, todavía duerme en su casa.

Dentro de unas horas volverá a ver a su padre.

Tal vez le dé un abrazo.

Tal vez le pregunte cómo le fue.

Y quizá Cipriano le responda que todo estuvo bien.

Porque hay verdades que un padre prefiere no contarle a su hijo.

Aunque el niño ya las haya aprendido.

sábado, 12 de septiembre de 2026

PASADO Y PRESENTE DE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ II el capital militar se transforma en poder institucional, poder informal o poder electoral

 

 

PASADO Y PRESENTE DE LA DEMOCRACIA EN EL PERÚ II

el capital militar se transforma en poder institucional, poder informal o poder electoral

Por: Arturo Muñoz Portugal, CHC e IA

Por primera vez, con la elección de Ollanta Humala en 2011, desde el retorno democrático de 1980, un oficial que había protagonizado una rebelión siendo militar en actividad llegó a la Presidencia mediante elecciones. El militar llega al centro del Estado. La secuencia es la siguiente: Ollanta Humala, oficial activo del Ejército, se rebela en Locumba en octubre del año 2000 y en diciembre es pasado al retiro. Posteriormente, crea el Partido Nacionalista, participa en las elecciones de 2006 y gana la Presidencia en 2011.

¿Qué ocurre con el capital militar cuando su portador ya no está fuera del Estado, sino que se convierte en jefe del Estado? Desde el punto de vista personal, es necesario analizar a Humala y su trayectoria militar; desde el ángulo del Gobierno, estudiar cómo los militares y policías retirados han sido incorporados a posiciones políticas o administrativas; y, desde la perspectiva institucional, observar la relación entre la Presidencia, el Ministerio de Defensa, los comandos militares y los organismos de inteligencia.

Con Fujimori teníamos a un personaje que asumía la Presidencia civil, apoyado por el sector de inteligencia y con una estrecha relación con las Fuerzas Armadas. Humala cambia la dirección del flujo: aparece potencialmente el movimiento inverso, un individuo con trayectoria militar que asume la Presidencia y ejerce el control político del sector Defensa.

Esto no significa automáticamente «militarización». Al contrario, una persona de origen militar puede ejercer un gobierno plenamente constitucional. Por eso es necesario separar el origen militar del gobernante de la naturaleza militar del régimen.

Porque el verdadero indicador de militarización no es quién gobierna, sino cómo gobierna. Que un presidente haya sido militar no significa que el régimen sea militar. Velasco tuvo un origen militar y sí encabezó un gobierno militar. Por el contrario, Fujimori no tuvo origen militar, pero sí formó parte de un aparato de inteligencia estrechamente vinculado con las Fuerzas Armadas y, por ello, produjo una importante militarización de la política, dirigiendo un régimen cívico militar.

Esto nos permite construir la siguiente Matriz de Origen.

2016: COMIENZA LA ETAPA DE LA FRAGMENTACIÓN

Con Pedro Pablo Kuczynski cambia nuevamente el escenario. Ya no tenemos el modelo de un militar que asume la Presidencia, sino el de un civil elegido presidente. Sin embargo, el Perú entra en una fase de enorme inestabilidad política.

Y esto es importante porque, cuando disminuye la legitimidad del sistema político, aumenta el valor relativo de las instituciones que conservan:

·         organización;

·         disciplina;

·         jerarquía;

·         presencia territorial;

·         capacidad logística;

·         reconocimiento público.

Entre ellas se encuentran las Fuerzas Armadas y la Policía, pero también otras instituciones con capacidad de organización y presencia social, como la Iglesia Católica.

Entonces, la influencia militar puede aumentar no porque los militares conquisten el poder, sino porque las instituciones civiles pierden capacidad de gobierno.

2017–2020: LA CRISIS POLÍTICA MODIFICA EL EQUILIBRIO

Producto del acoso a PPK por parte de la bancada fujimorista, Kuczynski renuncia y es sucedido por Martín Vizcarra, quien disuelve el Congreso. Posteriormente, el Congreso vaca a Vizcarra y asume la Presidencia el presidente del Congreso, Manuel Merino, quien también es obligado a renunciar y es reemplazado por Francisco Sagasti.

Durante estos años aparecen repetidamente tres instituciones: Presidencia, Congreso y Fuerzas Armadas/Policía.

¿Intervinieron los militares? ¿En qué momentos se convirtió su posición institucional en un factor decisivo para resolver una crisis política?

La crisis de noviembre de 2020 es especialmente importante. Martín Vizcarra es vacado; Manuel Merino asume la Presidencia; se produce una fuerte movilización ciudadana y, finalmente, Merino renuncia. Francisco Sagasti asume la Presidencia.

En ese contexto, la posición de las Fuerzas Armadas adquiere enorme relevancia, porque la transferencia del poder ocurre bajo una situación de elevada tensión política.

Nace así una categoría nueva: poder de arbitraje institucional.

Esto no significa necesariamente que las Fuerzas Armadas gobiernen. Significa que la posición que adopten puede afectar significativamente el resultado de una crisis constitucional. Ese poder puede existir incluso sin una intervención militar directa.

2021: CASTILLO Y UNA NUEVA RELACIÓN CON LAS FF. AA.

Con Pedro Castillo aparece otro fenómeno. El nuevo gobierno enfrenta desde el inicio a un Congreso hostil, generándose una crisis institucional, conflictos sociales, cambios frecuentes de ministros y una tensión permanente con las Fuerzas Armadas y la Policía.

Nuevamente encontramos una paradoja: el poder militar puede estar formalmente subordinado y, al mismo tiempo, ser políticamente indispensable.

7 DE DICIEMBRE DE 2022: LA PRUEBA DEFINITIVA

El intento de Pedro Castillo de disolver el Congreso y reorganizar el Estado constituye otro punto crítico.

Aquí aparece una cuestión central:

¿Qué hizo la estructura militar?

Sin necesidad de interpretar políticamente la respuesta, resulta interesante observar la conducta institucional:

¿Reconocieron la orden?

¿La ejecutaron?

¿La rechazaron?

¿A quién reconocieron como autoridad constitucional?

La respuesta permite medir algo que denominaremos Índice de Subordinación Constitucional (ISC).

Es decir, la capacidad de las Fuerzas Armadas para mantenerse dentro de la cadena constitucional durante una ruptura política.

Esto es tan importante como medir su influencia. Porque una democracia sólida no necesita que los militares sean políticamente irrelevantes. Necesita que sean institucionalmente fuertes y políticamente subordinados.

2022–2026: APARECE OTRA DIMENSIÓN

Después de Castillo, Dina Boluarte asume la Presidencia. La cuestión militar adquiere nuevamente importancia por diversos factores:

  • seguridad interna;
  • protestas;
  • estados de emergencia;
  • apoyo logístico;
  • fronteras;
  • narcotráfico;
  • minería ilegal;
  • desastres;
  • control territorial.

Aquí debemos introducir una distinción fundamental entre militarización política —cuando las Fuerzas Armadas influyen sobre las decisiones políticas— y militarización de la seguridad —cuando las Fuerzas Armadas asumen tareas de seguridad interna—.

Una puede aumentar sin que necesariamente aumente la otra.

Por ejemplo, más militares en las calles no significa automáticamente más militares controlando el Estado.

Así, el IMP-Perú llega a contar con ocho dimensiones.

Para complementarlo hay que añadir el ISC —Índice de Subordinación Constitucional—, porque no se debe confundir influencia con ruptura democrática.

Al cruzar el IMP —¿cuánto peso político tienen los militares? — con el ISC —¿cuánto respetan las Fuerzas Armadas la autoridad constitucional? — tenemos cuatro escenarios.

La pregunta central para 2026

¿Ante qué escenario estamos?

Escenario A: Desmilitarización progresiva

Escenario B: Militarización silenciosa

Escenario C: Militarización electoral

Escenario D: Militarización por crisis

Escenario E: Institucionalización de las Fuerzas Armadas

La impresión es que el Perú puede estar experimentando simultáneamente A, C, D y E en diferentes dimensiones.

Eso explicaría por qué la realidad parece contradictoria.

El mapa definitivo de cuatro décadas

En el periodo 1968–1980, un militar controla el Estado y establece un gobierno militar.

Para el periodo 1980–1990, tenemos el retorno a la democracia y se establece una relación de soporte a la democracia por parte de las Fuerzas Armadas, particularmente en el ámbito de la seguridad interna.

Con respecto al periodo 1990–2000, un civil gana la Presidencia, sostenido por el aparato de inteligencia, con una alta injerencia de las Fuerzas Armadas. Por ende, el control político adquiere un carácter cívico-militar.

Luego, el periodo 2000–2006 corresponde a una etapa de transición y desmontaje del aparato cívico-militar, con el objetivo de restablecer una democracia que ejerza nuevamente el control civil.

Al llegar al periodo 2006–2011, un militar retirado crea un movimiento nacionalista, conquista electores, triunfa en las elecciones de 2011 y ocupa la Presidencia a partir de ese año.

Para el periodo 2011–2016, un personaje de origen militar ejerce la Presidencia respetando las instituciones democráticas.

Finalmente, el periodo 2016–2026 está marcado por una gran crisis de la política civil, en la que el Congreso entra en conflicto con el Ejecutivo, haciendo que las Fuerzas Armadas y la Policía asuman un papel creciente en materia de seguridad y, potencialmente, de arbitraje institucional.

Una conclusión a partir de lo expuesto

No se trata de una historia de militares que entraron en política, sino de la historia de la transformación del poder militar en el Perú, 1980–2026.

El poder militar vive una permanente metamorfosis, en coherencia con la gravedad de los conflictos políticos y sociales y en función de la gravedad o relativa estabilidad de las crisis económicas. En determinadas coyunturas, puede ingresar abiertamente en el campo político para contribuir a superar momentos críticos que amenazan el poder de una élite; en otras, puede permanecer tras bastidores, conservando capacidad de influencia sin asumir directamente el gobierno.

Y la secuencia que aparece es la siguiente:

GOBIERNO MILITAR → SEGURIDAD INTERNA → MILITARIZACIÓN DEL PODER CIVIL → DESMONTAJE DEL APARATO MILITAR O CÍVICO-MILITAR → CONTROL CIVIL → CONVERSIÓN ELECTORAL DEL CAPITAL MILITAR → MILITAR EN LA PRESIDENCIA → CRISIS DE LA POLÍTICA CIVIL → REVALORIZACIÓN DEL PODER INSTITUCIONAL MILITAR.

Cuando un personaje de origen militar postula en un proceso electoral, a esa postulación se le puede denominar conversión electoral del capital militar.

Si el individuo vence en las urnas, se produce un militar en la Presidencia.

Un posible desenlace al finalizar el periodo de un militar en la Presidencia es el ocurrido posteriormente en el Perú: una crisis de la política civil, que lleva nuevamente a una revalorización del poder institucional militar.

Las cinco puertas de entrada al poder para una persona de origen militar

PUERTA 1 — COMANDO MILITAR

Comandante General del Ejército, Marina, FAP o jefe del Comando Conjunto.

Militar → institución militar → influencia estatal

PUERTA 2 — INTELIGENCIA

SIN, inteligencia militar, inteligencia policial y organismos sucesores.

Militar → información → poder político

Esta categoría será particularmente importante para el periodo 1990–2000.

PUERTA 3 — EJECUTIVO

Ministro de Defensa, ministro del Interior, asesor, funcionario o jefe de organismo.

Militar → administración pública → poder ejecutivo

PUERTA 4 — CONGRESO

Senador, diputado, congresista o miembro de comisiones.

Militar → partido → representación → legislación

PUERTA 5 — ELECCIONES PRESIDENCIALES

Candidato presidencial proveniente de las Fuerzas Armadas o de la PNP.

Militar → partido → electorado → Presidencia

MATRIZ NOMINAL POR PUERTA DE INGRESO

*En el caso de Montesinos tendremos que distinguir cuidadosamente entre grado, situación de retiro y posición real de poder. No debemos convertir automáticamente la condición de «exmilitar» en la de «miembro activo de las Fuerzas Armadas».

Una constatación es que la conversión electoral del capital militar ha estado fuertemente concentrada en el Ejército. Esta conversión se presenta con mayor frecuencia en el Ejército que en la Marina o la FAP.

Con la Matriz Nominal por Puerta de Ingreso se podrá responder a cinco preguntas:

1. ¿El Ejército domina históricamente la conversión militar-política?

2. ¿La Marina y la FAP tienen rutas diferentes de influencia?

3. ¿La inteligencia constituye una vía independiente de poder?

4. ¿Los militares retirados funcionan como una élite política organizada?

5. ¿La influencia militar ha disminuido realmente desde 1980 o simplemente ha cambiado de mecanismo?

La tesis que emerge es la siguiente:

El problema no es determinar si los militares participan o no en la política peruana. El problema es identificar los mecanismos mediante los cuales el capital militar —rango, organización, conocimiento, redes, prestigio, información y experiencia de Estado— se transforma en poder institucional, poder informal o poder electoral.

Por tanto, el objeto de estudio deja de ser simplemente la participación de los militares en política y se convierte en un estudio de la circulación de las élites y de la transformación del poder.