martes, 23 de enero de 2024

DEGENERACIÓN DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN PERÚ


 Año 20 Número 207             Arequipa, 2024, enero 23

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DEGENERACIÓN DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS EN PERÚ

La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona. Voltaire

Construir un partido político en el Perú es una tarea sumamente difícil. La población no confía en estos instrumentos de la democracia representativa. Alrededor de los años veinte del siglo XX, se fundaron las dos grandes tendencias: la socialista y la democrática burguesa. La primera representada por el Partido Socialista, cuyo mentor ideológico, político y orgánico fue José Carlos Mariátegui La Chira. La segunda tendencia, la democrática burguesa, tuvo a Víctor Raúl Haya de la Torre como su máximo exponente, él engendró al APRA.

A lo largo del siglo XX surgieron otros partidos enmarcados en estas dos propuestas principales. Algunos de esos partidos surgieron de subdivisiones de la matriz del Partido Socialista o del APRA, otros nacieron de movimientos sociales como expresión política de los mismos. En el caso del socialismo, los continuadores de Mariátegui cambiaron el nombre del Partido Socialista a Partido Comunista. En la década del 60 el Partido Comunista se subdividió en Partido Comunista Bandera Roja (PCP-BR), del PCP BR sucedieron otras subdivisiones: el PCP Sendero Luminoso, el Partido Comunista del Perú Patria Roja. Los partidos socialistas nacidos al margen del PCP fueron: Vanguardia Revolucionaria - VR, el Partido Comunista Revolucionario – PCR. Del APRA brota una tendencia socialista, el Movimiento Revolucionario de Izquierda – MIR.

Por el lado de la democracia burguesa, aparecen la Democracia Cristina – DC, Acción Popular – AP, el Partido Popular Cristiano – PPC. Partidos cuya ideología es en esencia la misma, la democracia burguesa, la defensa del libre mercado, la defensa de la propiedad privada, es decir, la defensa del orden capitalista.

Los socialistas se reafirman en la defensa de la justicia social, de la liberación de la explotación del hombre por el hombre, de un Estado promotor, regulador y fiscalizador. Además, de conseguir que los países coloniales y semicoloniales se liberen de la dominación de los países imperialistas (Estados Unidos y los países europeos).

Ambas tendencias construyen partidos con una ideología definida, un programa político con puntos precisos y una organización con una militancia formada.

Estas estructuras políticas correspondientes a las tendencias socialista y democrática burguesa duran hasta fines de los años ochenta del siglo XX. La tarea común para ambas tendencias era la de edificar la Nación peruana. Como ninguna de las dos logran cumplir el objetivo señalado. La población se siente desilusionada de ambas tendencias. El Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada, instaurado el 3 de octubre de 1968, realiza parcialmente la edificación de la Nación peruana.

Durante los años ochenta del siglo XX la economía sufre una crisis tras otra. El APRA asume el gobierno en 1985 y empuja al abismo de la pobreza a millones de familias peruanas, provocando una inflación millonaria, una de las más grandes inflaciones registradas por la historia mundial. La gente ve como los apristas y un grupo de empresarios (los llamados 12 Apóstoles), sobreviven e incluso se tornan en nuevos ricos, a pesar de la crisis. El mal ejemplo de los apristas que utilizan el gobierno para enriquecerse es la causa de la primera degeneración de los partidos políticos.

A partir de la pésima experiencia política aprista de 1985 a 1990, los militantes dejan de creer en ideologías y exigen a los partidos, a cambio de su aporte, un puesto de trabajo en el Estado. Así, los partidos son una maquinaria electoral con ideología básica, que sólo sirve para conseguir trabajo.

En las elecciones municipales de 1989 y las generales de 1990 aparecen los candidatos “outsiders”, los candidatos intrusos, sin experiencia previa política, con una ideología básica democrática burguesa, sin organización, ni cuadros preparados para gobernar. Ellos son Ricardo Belmont, ganador de la alcaldía de Lima Metropolitana; Luis Cáceres Velásquez, triunfador en las elecciones para alcalde provincial de Arequipa; Alberto Fujimori, tuvo éxito en las elecciones presidenciales de 1990 sobre el candidato de los partidos de derecha (AP, PPC), Mario Vargas Llosa. Esta primera degeneración de los partidos en maquinarias electorales dura toda la década de los noventa del siglo XX.

En medio de la “recuperación de la democracia”, en las elecciones del 2001, se nota una segunda degeneración de los partidos. A los candidatos sólo les importa el resultado, ganar el proceso electoral, dejan de lado el partido, tal cual lo hizo Alan García en su primer gobierno, dejó de lado al APRA y gobernó con sus amigos dentro y fuera del partido. Un ejemplo que grafica esta segunda degeneración es: Una candidata de un partido de derecha se encuentra con militantes de otro partido de derecha que estaban pintando las paredes y pegando afiches de su candidato, ella les propone que peguen sus afiches y hagan pintas a la vez por ella a cambio de un pago. El grupo acepta. Allí se dan cuenta que pueden trabajar tanto para un candidato como para otro candidato, convirtiéndose en una “service” que prestan sus servicios a cualquier candidato que les pague por sus servicios.

Los partidos de maquinarias electorales pasaron a ser empresas electorales. Lo significativo es que mantuvieron la ideología demócrata burguesa. Porque los partidos socialistas no lograban obtener los fondos para convertirse en empresas electorales, el costo de las campañas es muy alto. Muchos socialistas terminaron camuflándose en empresas electorales dirigidas por empresarios con una mentalidad liberal más abierta.

Estas empresas electorales capitaneadas por políticos burgueses, defensores del capitalismo, tampoco pudieron cumplir con la misión de hacer del Perú una Nación. Ni siquiera se acercaron a la concepción de Nación conservadora de Víctor Andrés Belaúnde o de Jorge Basadre. Su labor en el gobierno se circunscribía a ejecutar los designios del Departamento de Estado de los Estados Unidos.

Poco a poco el descontento contra los partidos políticos degenerados fue creciendo en la población, sólo porque el voto es obligatorio la gente va a votar por un candidato. El Perú es una democracia burguesa sin partidos, esta una idea generalizada para caracterizar a la democracia burguesa representativa peruana. A pesar de ese descontento con los partidos, no hay una reacción de la élite dirigente peruana. Los empresarios se dedican a extraer las materias primas y regalarlas a las transnacionales, los políticos facilitan esta labor desde el ejecutivo otorgando contratos intocables y dando permisos, incluso ilegales, para la extracción de los recursos naturales del Perú. El Congreso promulga leyes favorables a las transnacionales y a los negocios ilícitos. La economía informal e ilegal (narcotráfico, minería ilegal, tala ilegal de la Amazonía) comienzan a controlar la economía y la política.

Desde 1980 hasta hoy, todos los presidentes afrontan investigaciones por corrupción, también la actual presidenta Dina Boluarte acabará igual. Desilusión seguida por otra desilusión presidencial es la historia reciente del Perú. Se confió en un ex presidente demócrata, Fernando Belaúnde, y quienes lo rodearon usufructuaron del tesoro público. Luego, la gente depositó su confianza en un joven político, Alan García, y fue para peor, en el Perú actual un sinónimo de corrupto es aprista. Se pasó a ilusionarse con un extranjero de origen japonés (el Japón era un ejemplo de eficiencia), y Alberto Fujimori es ubicado entre los 10 presidentes más corruptos del mundo. Ilusionaron a los peruanos con un cholo, idéntico étnicamente a la mayoría de peruanos, y Alejandro Toledo es extraditado de Estados Unidos por haber recibido coimas millonarias (comisiones ilegales) de empresas brasileñas. Asume el cargo otra vez Alan García, y es investigado por su relación con la corrupta empresa Odebrecht, acabó suicidándose para no purgar cárcel. Hablaron de que la salida era poner a un militar en la presidencia, se eligió al comandante (EP) Ollanta Humala, hoy investigado por financiar su campaña ilícitamente y recibir comisiones ilegales por la Transoceánica III.

Otra desilusión fue el gran empresario, gran académico, que supuestamente contaba con un gabinete de lujo, Pedro Pablo Kuczynsky, acusado también de recibir comisiones ilegales y de aprovecharse del cargo. Continúa el periodo presidencial un representante de las regiones, Martín Vizcarra, cae en el delito de la corrupción y es acusado y sancionado, al punto que no puede ser candidato el 2026. La izquierda, en medio de esta gran desilusión, asume la presidencia con Pedro Castillo, y no puede con la ola de corrupción y está en el penal junto a Toledo. Le sucede una mujer, al fin una mujer en la presidencia, Dina Boluarte, al mes cuenta en su haber cerca de 70 asesinados por las fuerzas militares y policiales, acabará su mandato y será juzgada en los tribunales oficiales por los asesinatos y por la gente es considerada una asesina y traidora.

Fujimoristas y apristas desde el Congreso gobiernan el país, trayendo un tsunami de leyes anticonstitucionales, copan las instituciones del Estado: Junta Nacional de Justicia, Ministerio Público, Poder Judicial, Tribunal Constitucional. Los congresistas son en su mayoría investigados por delitos de todo tipo, al menos 80 de los 130.

Así, los partidos mutan por tercera vez, degenerando en organizaciones criminales. Su único objetivo es robar el tesoro público, roban a sus propios trabajadores sus sueldos, no cumplen con sus planes de gobierno, la mejor obra es la que no se hace porque se han repartido el presupuesto entre el empresario corrupto y los políticos.

Mutados en organizaciones criminales, los partidos han terminado con la democracia representativa burguesa, las organizaciones criminales políticas acabaron con la democracia burguesa representativa. En Puno y en todo el Perú resuena la sentencia condenatoria: Esta democracia ya no es democracia, hecha canción por la gente a la cual no consideran peruana. Bien decía Voltaire: La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona

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